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"El Santuario de la Luz" [Capítulo 111] La Última Sanadora - Infinity Kingdom

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Article Publish : 09/07/2026 00:51
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Edited by ❀persephone at 09/07/2026 00:58


🌸 Muy buenas tardes, ¡bienvenidos a un nuevo capítulo de mi historia, "La Última Sanadora"!

Soy Persephone, y hoy tengo el placer de presentarles el capítulo ciento once que se enfoca en Teodora, sus aventuras y su evolución para convertirse en la más destacada curandera de los últimos tiempos. 

¡Acompáñenme en este emocionante capítulo!


🌸 Resumen del anterior capítulo: “El Camino de las Respuestas”

El grupo decide tomar el camino de las respuestas, buscando comprender finalmente el origen de las marcas, Aurion, el Telar y el verdadero poder de Teodora. A lo largo del sendero, las piedras antiguas comienzan a mostrar imágenes de una mujer, un dragón de luz y siete figuras, revelando una conexión ancestral entre Teodora y Lucasta. Teodora incluso tiene una visión de Lucasta en su forma adulta, junto a una misteriosa mujer, comprendiendo que el vínculo entre ambas es mucho más antiguo de lo que imaginaba.

Al llegar a una enorme puerta de piedra, una inscripción revela que la sanadora que camina junto al dragón debe abrirla. Cuando Teodora y Lucasta unen sus poderes, descubren que sus energías forman parte de una misma luz que fue dividida en el pasado. Tras abrir la puerta, encuentran una sala con siete pedestales y una esfera luminosa que les muestra imágenes de una mujer, un dragón, siete guardianes y una antigua guerra. Una voz misteriosa le dice a Teodora que ha tardado mucho en regresar, revelando la verdad que cambiará todo: Teodora y Lucasta no se encontraron por casualidad; ambas fueron separadas mucho antes de conocerse, y el continente es el lugar donde finalmente descubrirán el origen de su historia y de su poder.


🌸 Capítulo 111: “El Santuario de la Luz”

La voz desapareció tan repentinamente como había aparecido.

Teodora permaneció inmóvil frente a la esfera luminosa, intentando comprender las palabras que acababa de escuchar.

Has tardado mucho en regresar.

¿Regresar?

Ella nunca había estado allí.

O al menos eso creía.

Miró a Lucasta. El pequeño dragón permanecía junto a ella, observando la esfera con una mezcla de curiosidad y temor. Su cuerpo emitía un suave resplandor, pero ya no era aquella luz intensa que había aparecido cuando ambas habían abierto la puerta.

—¿Qué quiso decir con eso? —preguntó Teodora.

Nadie respondió.

Atenea caminó lentamente alrededor de la sala.

—Quizá la voz se equivocó de persona.

—¿Crees que es posible? —preguntó Arkanor.

—Después de todo lo que hemos encontrado en este continente, ya no estoy segura de nada.

Manco Cápac se acercó a uno de los seis pedestales vacíos.

—Sea lo que sea este lugar, parece que llevaba mucho tiempo esperando que alguien llegara.

Khubilai Kan observó las paredes.

Las imágenes habían desaparecido, pero todavía quedaban algunas marcas grabadas en la piedra. Guerreros, criaturas, ciudades y grandes columnas de luz.

Teodora se acercó a una de ellas.

Una mujer sostenía un báculo mientras un dragón permanecía a su lado.

No podía ver su rostro.

—Siempre aparece ella —susurró.

Lucasta se acercó a la pared.

Cuando tocó la piedra, una pequeña luz recorrió la figura de la mujer y llegó hasta el dragón.

Teodora sintió nuevamente aquella sensación.

No era miedo.

No era una amenaza.

Era reconocimiento.

Como si aquella imagen le resultara familiar aunque jamás hubiera visto a aquella mujer.

—Lucasta... ¿quién era?

El dragón levantó la cabeza.

Por un instante, Teodora recibió otra visión.

Un cielo cubierto de nubes.

Una extensa llanura.

Un ejército avanzando entre la niebla.

Y una mujer arrodillada junto a varios guerreros heridos.

La mujer levantaba su báculo y una luz cálida recorría los cuerpos de los heridos.

Teodora reconoció inmediatamente aquel gesto.

Era el suyo.

La visión desapareció.

Teodora respiró profundamente.

—Era una sanadora.

Atenea se acercó.

—¿La misma mujer que viste antes?

Teodora asintió.

—Sí.

—¿Y sabes quién era?

—No.

Teodora acarició a Lucasta.

—Pero creo que algún día lo descubriremos.

No intentó buscar una respuesta inmediata.

Había aprendido algo durante todos sus viajes.

Algunas respuestas no podían forzarse.

A veces había que continuar caminando hasta encontrarlas.

Entonces la esfera comenzó a brillar nuevamente.

Los seis pedestales vacíos se iluminaron durante unos segundos.

Después, la luz se apagó.

Una pequeña abertura apareció en la pared del fondo.

Detrás había un pasadizo.

—Parece que tenemos otro camino —dijo Manco Cápac.

—Por supuesto que sí —respondió Atenea con una sonrisa—. Nunca puede ser sencillo.

El grupo atravesó la abertura.

El pasadizo descendía lentamente y estaba cubierto de raíces antiguas. De vez en cuando encontraban pequeños cristales luminosos incrustados en las paredes que iluminaban el camino.

No encontraron enemigos.

Tampoco trampas.

Solo silencio.

Después de un largo descenso, el túnel terminó.

Delante de ellos apareció una enorme puerta de piedra.

Pero esta vez no había ninguna inscripción.

Solo un símbolo.

Un báculo rodeado por siete pequeñas estrellas.

Teodora levantó la mano y tocó la puerta.

Esta se abrió.

Al otro lado había una biblioteca.

Miles de libros ocupaban estanterías que llegaban hasta el techo. Algunos eran enormes volúmenes de piedra; otros eran pequeños pergaminos protegidos dentro de recipientes de cristal.

Arkanor abrió los ojos con sorpresa.

—Esto puede contener información sobre el continente.

Khubilai Kan comenzó a caminar entre las estanterías.

—Y quizá sobre las siete luces.

Teodora observó los libros.

Por primera vez desde que habían llegado, sintió que podían estar cerca de una respuesta.

Pero antes de que pudiera acercarse a una de las estanterías, escucharon un ruido.

Un golpe.

Después otro.

Y luego un gemido.

—¿Escucharon eso? —preguntó Teodora.

Todos se quedaron quietos.

El sonido volvió a escucharse.

Venía de una habitación situada al fondo de la biblioteca.

Teodora fue la primera en caminar hacia allí.

Atenea intentó detenerla.

—Podría ser una trampa.

—Podría ser alguien herido.

Teodora continuó avanzando.

—Y si lo está, no podemos dejarlo aquí.

Abrieron la puerta.

Dentro había un hombre sentado contra la pared.

Llevaba una armadura rota y tenía una profunda herida en el costado. A su lado descansaba una espada cubierta de polvo.

Al verlos, inmediatamente tomó el arma.

—¡No se acerquen!

Atenea levantó su escudo.

—Tranquilo. No queremos luchar.

El hombre miró a Teodora.

—¿Eres una sanadora?

Teodora asintió.

—Sí.

El guerrero soltó una pequeña risa amarga.

—Entonces llegas tarde.

Teodora se arrodilló frente a él.

—Todavía estás vivo.

—Por poco.

—Entonces todavía no llego tarde.

El guerrero intentó apartarse.

—No necesito ayuda.

Teodora miró la herida.

—Eso es evidente.

Manco Cápac soltó una carcajada.

Incluso Atenea tuvo que contener una sonrisa.

El guerrero parecía molesto.

—¿Siempre hablas así?

—Cuando alguien se niega a dejarme ayudarlo, sí.

Teodora colocó sus manos sobre la herida.

La luz comenzó a extenderse.

El guerrero apretó los dientes.

Poco a poco, la herida empezó a cerrarse.

Pero Teodora sintió algo extraño.

Había restos de energía oscura alrededor de la herida.

No era una marca.

Era una especie de veneno mágico.

Teodora concentró su poder y comenzó a retirarlo.

El hombre gritó.

—¡Detente!

Teodora inmediatamente retiró las manos.

—¿Qué ocurre?

El guerrero respiró con dificultad.

—Eso... eso es lo que mató a mis compañeros.

Teodora lo observó.

—Entonces necesito sacarlo antes de cerrar completamente la herida.

El hombre guardó silencio.

Por primera vez parecía dispuesto a confiar en ella.

—Hazlo.

Teodora volvió a utilizar su poder.

Esta vez fue mucho más cuidadosa.

La energía oscura salió lentamente del cuerpo del guerrero hasta convertirse en pequeñas partículas negras que desaparecieron en el aire.

La herida se cerró.

El guerrero miró su costado.

Luego miró a Teodora.

—Pensé que las historias sobre la última sanadora eran exageradas.

Teodora sonrió.

—Probablemente lo sean.

El guerrero frunció el ceño.

—¿Cómo puedes bromear después de eso?

—Porque sigues vivo.

El hombre soltó una carcajada.

Era la primera vez que lo hacía en mucho tiempo.

—Me llamo Darian.

—Teodora.

Darian miró a Lucasta.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Y él...

Lucasta inclinó la cabeza.

—¿Lo conoces? —preguntó Teodora.

Darian negó lentamente.

—No. Pero he visto dibujos de dragones como ese.

—¿Dónde?

Darian señaló las estanterías.

—En los registros antiguos.

Teodora se levantó.

—Entonces quizá podamos ayudarnos mutuamente.

Darian miró hacia los libros.

—¿También estás buscando respuestas?

Teodora pensó durante unos segundos.

Después negó con la cabeza.

—No exactamente.

Miró a Lucasta.

—Estoy buscando comprender.

Darian sonrió.

—Entonces estás en el lugar correcto.

El grupo pasó las siguientes horas explorando la biblioteca.

Encontraron mapas antiguos del continente, relatos de antiguas guerras y referencias a una civilización que había desaparecido hacía siglos.

Pero no encontraron una respuesta definitiva sobre Teodora.

Ni sobre Lucasta.

Y, curiosamente, eso no la decepcionó.

Había descubierto algo más importante.

El continente no estaba muerto.

Su historia seguía viviendo en cada ruina, en cada guerrero y en cada persona que todavía habitaba sus tierras.

Quizá ese era el verdadero propósito de su viaje.

No encontrar todas las respuestas de una sola vez.

Sino seguir avanzando.

Seguir aprendiendo.

Seguir ayudando.

Cuando finalmente abandonaron la biblioteca, Darian decidió acompañarlos hasta el siguiente valle.

—Conozco una ciudad al norte —les dijo—. Si realmente quieren conocer este continente, deberían visitarla.

—¿Qué tiene de especial? —preguntó Manco Cápac.

Darian sonrió.

—Guerreros, comerciantes, ladrones, magos, gente buena y gente insoportable.

Atenea soltó una carcajada.

—Entonces parece una ciudad bastante normal.

Teodora sonrió mientras caminaba junto a Lucasta.

A sus espaldas, el santuario quedó nuevamente en silencio.

Pero en lo alto de la torre, aquella esfera de luz continuaba brillando.

Y, por un instante, una segunda luz apareció en el horizonte.

Teodora no la vio.

Todavía no.

Tenía un nuevo camino delante de ella, un nuevo compañero y una ciudad que conocer.

Y mientras avanzaba, comprendió que quizá aquella era la verdadera razón por la que había llegado tan lejos.

No porque estuviera destinada a encontrar una antigua verdad.

Sino porque, allá donde fuera, siempre habría alguien que necesitaría una sanadora.





¡Hasta aquí llegamos con éste capítulo de esta Historia de Aventuras!

Espero que les haya entretenido y esperen con ansias el próximo capítulo la semana que viene.


Muchas gracias por su tiempo y apoyo,

Los estaré viendo cada semana con un capítulo nuevo.

🌸Persephone


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- Infinity Kingdom / 無盡城戰

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