
🌸 Muy buenas tardes, ¡bienvenidos a un nuevo capítulo de mi historia, "La Última Sanadora"!
Soy Persephone, y hoy tengo el placer de presentarles el capítulo ciento diez que se enfoca en Teodora, sus aventuras y su evolución para convertirse en la más destacada curandera de los últimos tiempos.
¡Acompáñenme en este emocionante capítulo!
🌸 Resumen del anterior capítulo: “La Profesía de los Siete”
El grupo finalmente llega al continente desconocido y descubre que las siete columnas de luz que habían visto desde Aurion siguen presentes, cada una señalando una dirección diferente. Al avanzar, encuentran un antiguo camino construido mucho antes que las ciudades actuales y descubren que sus piedras llevan los mismos símbolos relacionados con la misteriosa profecía.
El camino se divide en tres rutas: una hacia una ciudad, otra hacia un bosque y otra hacia las montañas. Gracias al báculo de Teodora aparece una inscripción que explica que cada camino representa algo distinto: buscar respuestas, buscar poder o buscar recordar. Esto hace que el grupo comprenda que quizá los siete caminos de la profecía no son simples lugares, sino pruebas o decisiones destinadas a revelar algo sobre ellos mismos.
Entonces aparece una anciana que asegura haber recorrido uno de esos caminos mucho antes que ellos. Les advierte que la historia que están siguiendo es mucho más antigua de lo que imaginaban y que ahora que han llegado, “el tiempo se ha puesto en marcha”. Antes de desaparecer, deja una advertencia inquietante: no deben preguntarse quién es el enemigo, sino quién de ellos estaría dispuesto a convertirse en él.
Las siete luces comienzan a apagarse hasta que solamente queda una, dando a entender que el grupo ha activado algún mecanismo o acontecimiento relacionado con la profecía. Finalmente, una figura desconocida observa al grupo desde las montañas.
🌸 Capítulo 110: “El Camino de las Respuestas”
Durante un largo rato, los seis permanecieron inmóviles frente a los tres caminos.
El viento atravesaba el valle levantando pequeñas nubes de polvo entre las piedras antiguas. Las siete luces habían desaparecido casi por completo y solo una permanecía suspendida en el cielo, muy lejos, más allá de las montañas. Su resplandor era débil, pero suficiente para iluminar una parte del continente desconocido.

Teodora continuaba mirando las tres rutas.
La inscripción seguía grabada en la piedra.
El primero, para quienes buscan respuestas.
El segundo, para quienes buscan poder.
El tercero, para quienes buscan recordar.
—No creo que debamos separarnos —dijo finalmente Atenea.
Manco Cápac asintió.
—Después de todo lo que hemos vivido, sería absurdo hacerlo ahora.
Khubilai Kan observó el camino que conducía hacia las montañas.
—Entonces debemos elegir uno.
Teodora cerró los ojos.
Por un instante sintió nuevamente aquella extraña conexión que había experimentado desde que llegaron al continente. No era la presencia de una marca de oscuridad. Tampoco era una amenaza. Era algo mucho más profundo.
Una sensación de reconocimiento.
Como si una parte de ella hubiera estado esperando aquel lugar.
Lucasta, posada sobre su hombro, comenzó a emitir un suave resplandor.
Teodora abrió los ojos.
—El camino de las respuestas.
Todos la miraron.
—¿Por qué ese? —preguntó Arkanor.
Teodora observó su báculo.
—Porque llevamos demasiado tiempo luchando contra cosas que no comprendemos. Las marcas, Aurion, las criaturas que controlaban a las personas, el Telar... incluso mi propio poder. Siempre hemos encontrado una parte de la verdad, pero nunca el origen.
Lucasta dejó escapar un pequeño rugido.
El resplandor de su cuerpo aumentó.
Teodora acarició suavemente su cabeza.
—Y creo que este lugar puede decirnos qué es realmente ella.
El grupo comenzó a caminar por el sendero central.
A medida que avanzaban, las piedras que bordeaban el camino comenzaron a emitir una tenue luz. No todas. Solo algunas. Cada vez que Teodora pasaba junto a una de ellas, aparecía sobre su superficie una pequeña figura de luz.
Primero apareció una mujer.
Después un dragón.
Luego una figura humana sosteniendo un báculo.
Teodora se detuvo.
—¿Eso soy yo?
Arkanor se acercó a observar la piedra.
—No exactamente.
—¿Qué quieres decir?
—Mira el dragón.
Teodora observó nuevamente la figura.
El dragón estaba junto a la mujer, pero no detrás de ella.
Estaban conectados por una línea de luz que nacía en el pecho de ambos.
Lucasta descendió del hombro de Teodora y se acercó a la piedra.
En cuanto la tocó con una de sus patas, la imagen cambió.
Ahora la mujer y el dragón aparecían rodeados por una enorme esfera luminosa.
Y debajo de ellos aparecieron siete figuras.
Teodora sintió un escalofrío.
—Los siete...
La piedra se apagó.
Nadie habló.
Continuaron avanzando.
Durante las siguientes horas no encontraron enemigos. No hubo criaturas escondidas ni emboscadas. El camino parecía guiarlos deliberadamente hacia algún lugar. Y cuanto más avanzaban, más frecuentes se hacían las imágenes grabadas en las piedras.
Algunas mostraban antiguos guerreros.
Otras mostraban ciudades destruidas.
En varias aparecían personas rodeadas por sombras.
Pero había algo que se repetía constantemente.
Siempre había un dragón de luz.
Y siempre estaba junto a una figura humana.
Teodora comenzó a comprender que aquello no era una simple leyenda.
Era un recuerdo.
—Lucasta... —susurró.
El pequeño dragón levantó la cabeza.
—¿Tú ya conocías esto?
Lucasta la miró fijamente.
Teodora sintió entonces una respuesta.
No fueron palabras.
Fue una sensación.
Una imagen.
Un enorme cielo blanco.
Una mujer arrodillada sobre un terreno cubierto de cenizas.
Y frente a ella, un dragón de luz mucho más grande que Lucasta.
Teodora retrocedió.
—¡Teodora! —exclamó Atenea.
Ella se llevó una mano al pecho.
La visión desapareció tan rápidamente como había llegado.
Lucasta comenzó a emitir un resplandor intenso.
—La vi...
—¿Qué viste? —preguntó Manco Cápac.
Teodora respiró profundamente.
—A Lucasta.
Todos quedaron en silencio.
—Pero no como es ahora. Era mucho más grande. Y estaba junto a una mujer.
Khubilai Kan frunció el ceño.
—¿Quién era?
Teodora negó lentamente con la cabeza.
—No lo sé.
Arkanor observó las piedras.
—Quizá este camino no esté mostrando el pasado del continente.
Teodora lo miró.
—¿Entonces qué está mostrando?
—El pasado de ustedes.
La frase cayó sobre el grupo como una piedra.
Teodora volvió la mirada hacia Lucasta.
Por primera vez desde que la había encontrado, aquella criatura no parecía simplemente un dragón que había elegido acompañarla.
Parecía formar parte de algo mucho más antiguo.
Algo que Teodora había comenzado a despertar sin siquiera saberlo.
Siguieron caminando hasta que, poco antes del anochecer, el sendero terminó frente a una enorme puerta de piedra.
No había murallas.
No había ciudad.
Solo aquella puerta, completamente aislada en medio de la llanura.
En su superficie aparecía una única inscripción.

Teodora se acercó.
Esta vez no necesitó que su báculo revelara las palabras.
Podía leerlas perfectamente.
«La sanadora que camina junto al dragón deberá abrir la puerta.»
Teodora sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
—¿La sanadora?
Atenea la miró.
—Teodora...
Ella levantó el báculo.
La puerta comenzó a brillar.
Pero no ocurrió nada.
Teodora intentó utilizar su poder.
Una corriente de energía cálida salió del báculo y recorrió la piedra, pero la puerta permaneció cerrada.
Entonces Lucasta avanzó.
El pequeño dragón se colocó junto a Teodora.
La luz que emanaba de ambos comenzó a mezclarse.
Teodora sintió algo que nunca había sentido antes.
Su poder no estaba entrando en Lucasta.
Y Lucasta tampoco estaba entregándole su energía.
Era diferente.
Era como si ambos poderes fueran partes de una misma corriente que había permanecido dividida durante mucho tiempo.
La luz creció.
La puerta tembló.
Y lentamente comenzaron a aparecer palabras nuevas.
«Dos almas.
Una misma luz.
Un poder incompleto.»
Teodora quedó paralizada.
—¿Poder incompleto?
La última frase apareció lentamente.
«Cuando la sanadora deje de curar las heridas del mundo y aprenda a curar aquello que la luz no puede alcanzar, encontrará su verdadero poder.»
La puerta se abrió.
Al otro lado no había una ciudad.
Había una enorme sala circular enterrada bajo la tierra.
En el centro había siete pedestales.
Seis estaban vacíos.
El séptimo contenía una pequeña esfera de luz.
Teodora dio un paso hacia ella.
Lucasta comenzó a temblar.
Y entonces, por primera vez desde que había llegado al continente, una voz habló directamente dentro de la mente de Teodora.
No era la anciana.
No era una criatura.
Era una voz antigua.
Una voz que parecía haber estado esperando durante siglos.
—Has tardado mucho en regresar.
Teodora se quedó inmóvil.
—¿Regresar?
La esfera comenzó a iluminar toda la sala.
Y en las paredes aparecieron imágenes de una historia que todavía no conocían.
Una mujer.
Un dragón.
Siete guardianes.
Una guerra.
Y una luz que, en algún momento, había sido dividida en dos.
Teodora comprendió entonces algo que cambiaría todo lo que creía saber.
Ella no había encontrado a Lucasta por casualidad.
Lucasta tampoco la había elegido por casualidad.
Las dos habían sido separadas mucho antes de conocerse.
Y aquel continente no era el lugar donde comenzaba su historia.
Era el lugar donde, finalmente, iban a descubrir cómo había comenzado.
¡Hasta aquí llegamos con éste capítulo de esta Historia de Aventuras!
Espero que les haya entretenido y esperen con ansias el próximo capítulo la semana que viene.
Muchas gracias por su tiempo y apoyo,
Los estaré viendo cada semana con un capítulo nuevo.
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