GTarcade App

More benefits, more surprises

Get

Details page

“La Memoria de los Traidores” [Capítulo 116] La Última Sanadora - Infinity Kingdom

Press Officer
Article Publish : 10/19/2026 01:31
Translate


🌸 Muy buenas tardes, ¡bienvenidos a un nuevo capítulo de mi historia, "La Última Sanadora"!

Soy Persephone, y hoy tengo el placer de presentarles el capítulo ciento dieciséis que se enfoca en Teodora, sus aventuras y su evolución para convertirse en la más destacada curandera de los últimos tiempos. 

¡Acompáñenme en este emocionante capítulo!


🌸 Resumen del anterior capítulo: “La Tercera Luz”

Teodora y sus compañeros viajan al bosque de Niebla siguiendo las indicaciones de Elira, quien les revela la existencia del Santuario de las Raíces, uno de los siete antiguos lugares que protegían los vínculos entre mundos. Allí se encuentran con un centinela que reconoce a Teodora como la última sanadora y les advierte que, mientras la primera luz ha despertado y la segunda ha respondido, la tercera está siendo devorada por la oscuridad. Al adentrarse en el santuario, Teodora descubre una memoria de la antigua Sanadora del Umbral, quien revela una verdad aterradora: uno de los siete guardianes fue responsable de abrir la puerta que debía permanecer sellada.

La visión muestra también a un misterioso hombre de armadura oscura que parece conocer a Teodora y espera su llegada. Mientras Lucasta reacciona con inquietud ante las fuerzas que comienzan a despertar, Elira comprende que la antigua orden pudo haber sellado el observatorio para impedir que alguien volviera a abrir la puerta desde este lado. El capítulo termina con una revelación alarmante: la tercera luz no está despertando, sino que alguien la está apagando, mientras la puerta entre mundos continúa abriéndose y una amenaza desconocida se prepara para abandonar las sombras.


🌸 Capítulo 116: “La Memoria de los Traidores”

El silencio que siguió a las palabras de Elira parecía más pesado que las piedras que sostenían la cámara subterránea.

Teodora permanecía junto a la fuente, observando el lugar donde había aparecido la imagen del hombre de armadura oscura. Aunque la visión había desaparecido, todavía podía recordar su sonrisa y la seguridad con la que había pronunciado aquellas palabras.

La última sanadora ha encontrado el camino.

No había sonado como una amenaza. Era peor que eso. Había sonado como si aquel hombre hubiera estado esperándola durante mucho tiempo.

—Tenemos que salir de aquí —dijo Atenea, rompiendo el silencio—. No sabemos cuánto tiempo permanecerá estable este lugar.

Khubilai Kan asintió y examinó las columnas agrietadas.

—Estoy de acuerdo. Si alguien está apagando las luces, quedarnos en una cámara que reacciona cada vez que una de ellas se extingue no parece una buena estrategia.

Darian recogió los mapas que había llevado consigo, aunque sus ojos no se apartaban de las inscripciones que recorrían las paredes.

—Hay algo que no comprendo. Si los siete guardianes protegían los vínculos entre mundos, ¿cómo pudo uno de ellos abrir la puerta sin que los demás lo impidieran?

Elira apretó el cristal azul entre sus manos.

—Quizá no lo hizo solo.

Todos se volvieron hacia ella.

La anciana respiró profundamente antes de continuar.

—Los registros de la orden mencionaban un juramento que unía a los siete guardianes. Ninguno podía actuar contra el equilibrio sin que los demás lo supieran. Pero aquel juramento también les permitía compartir su poder. Si uno de ellos encontraba una manera de corromper ese vínculo, podría haber utilizado la confianza de sus compañeros para atravesar las defensas.

—¿Y después? —preguntó Manco Cápac.

—Después, la orden cerró el observatorio y borró todo cuanto pudo sobre lo ocurrido. Durante generaciones creímos que lo habían hecho para protegernos de una amenaza exterior.

Atenea frunció el ceño.

—Pero quizá estaban protegiendo a alguien.

—O intentando impedir que la traición se repitiera —respondió Elira.

Teodora volvió la mirada hacia la fuente.

—Entonces necesitamos saber quién abrió la puerta.

—Sí —contestó la anciana—. Pero primero debemos averiguar quién está apagando las luces. Si el centinela decía la verdad, el tercer guardián todavía podría estar vivo.

Lucasta se acercó a Teodora y rozó su brazo con el hocico. Su cuerpo, ahora más grande que el de un pequeño cachorro, proyectaba reflejos dorados sobre la piedra. Sin embargo, aquella luz parecía menos intensa que de costumbre.

Una sensación llegó a la mente de Teodora: frío, oscuridad y una profunda tristeza.

Después apareció una imagen fugaz de siete siluetas reunidas alrededor de una llama azul.

Una de ellas estaba arrodillada.

Y las otras seis se alejaban de ella.

Teodora cerró los ojos.

—Lucasta ha visto algo.

El pequeño dragón levantó la cabeza y le transmitió otra impresión: una mano extendida hacia alguien que desaparecía entre las sombras.

—No parece un recuerdo completo —murmuró ella—. Es como si intentara mostrarme algo que ocurrió hace mucho tiempo, pero no pudiera llegar hasta el final.

Darian se aproximó con cautela.

—Tal vez el santuario conserve las memorias de quienes estuvieron aquí.

—Entonces no deberíamos marcharnos todavía —dijo Teodora.

—No podemos arriesgarnos a perder más tiempo —replicó Atenea—. Si la tercera luz se está extinguiendo, cada minuto cuenta.

Teodora comprendía su preocupación. Sin embargo, había algo en aquellas imágenes que le resultaba familiar, una sensación que no podía explicar.

Antes de que pudiera responder, la fuente volvió a emitir un resplandor plateado.

Las siete columnas temblaron.

En la superficie de la piedra apareció una línea de símbolos que se extendió hasta el suelo, formando un sendero que conducía a una puerta estrecha, oculta detrás de una de las paredes.

Khubilai Kan desenvainó su espada.

—Espero que esta vez el santuario tenga la cortesía de advertirnos antes de intentar matarnos.

Nadie respondió a su comentario.

Elira se acercó a los símbolos y pasó los dedos sobre ellos.

—Es una cámara de memoria.

—¿Qué contiene? —preguntó Manco Cápac.

—Los recuerdos que la orden decidió conservar cuando cerró el observatorio. Si todavía funciona, quizá podamos descubrir qué ocurrió con el tercer guardián.

Teodora miró a sus compañeros.

—Tenemos que intentarlo.

Atenea suspiró, pero terminó asintiendo.

—De acuerdo. Entraremos juntos. Nadie se separará del grupo.

La puerta se abrió con un sonido profundo.

Al otro lado, una escalera descendía hacia una oscuridad atravesada por pequeñas luces azules. El aire era más frío que en la cámara anterior y olía a tierra húmeda, como si aquel lugar hubiera permanecido enterrado durante siglos.

Manco Cápac extendió una mano hacia Teodora.

Ella la aceptó.

—Si algo sale mal —dijo él en voz baja—, quiero que me prometas que no intentarás resolverlo todo por tu cuenta.

Teodora lo miró con una pequeña sonrisa.

—¿Eso es una orden?

—Es una petición.

—Entonces intentaré cumplirla.

Manco Cápac sonrió también, aunque ambos sabían que, cuando alguien necesitaba ayuda, a Teodora le resultaba difícil mantenerse al margen.

Descendieron juntos.

La escalera desembocó en una sala mucho más pequeña que la anterior. No había columnas ni fuentes, sino siete cristales suspendidos en el aire, cada uno rodeado por anillos metálicos cubiertos de inscripciones.

Seis permanecían apagados.

El séptimo brillaba con una luz azul débil e irregular.

En el centro de la sala había un pedestal y, sobre él, descansaba una máscara de plata.

Teodora sintió que Lucasta se tensaba a su lado.

—¿Qué sucede? —susurró.

El dragón no apartaba los ojos de la máscara.

Una imagen penetró en la mente de Teodora con tanta fuerza que tuvo que apoyarse en Manco Cápac.

Vio un campo cubierto de flores blancas. En el centro se encontraba una mujer de cabello oscuro, vestida con una túnica azul. A su alrededor, siete círculos de luz giraban lentamente.

La mujer sostenía un bastón, pero no parecía una guerrera. Su rostro reflejaba cansancio y determinación.

Frente a ella estaba el mismo hombre de armadura oscura que Teodora había visto en la fuente.

Sin embargo, en aquel recuerdo no llevaba una armadura negra.

Su rostro estaba descubierto y sus ojos no mostraban maldad alguna.

Parecía joven, casi de la misma edad que Darian.

—No puedo permitir que lo hagas —decía la mujer.

—No comprendes lo que hay al otro lado —respondió él—. Hay un mundo entero que podemos salvar.

—No se puede salvar un mundo destruyendo el nuestro.

El hombre negó con la cabeza.

—¿Y cuántas vidas más tendremos que perder mientras esperamos una solución que nunca llegará?

La mujer bajó la mirada.

Por un instante, Teodora percibió en ella una tristeza que le resultó insoportablemente familiar.

—Si abres esa puerta, no podrás controlar lo que venga después.

El hombre se acercó y tomó sus manos.

—Confía en mí.

La imagen se estremeció.

La mujer cerró los ojos.

Por un instante, pareció que iba a aceptar.

Entonces el recuerdo se quebró.

Teodora retrocedió, respirando con dificultad.

—No era un desconocido para ella —murmuró—. Se conocían. Confiaban el uno en el otro.

Elira se había quedado inmóvil frente a los cristales.

—¿Qué has visto?

Teodora le explicó lo ocurrido, describiendo a la mujer y la conversación que había presenciado.

Cuando terminó, la anciana parecía haber envejecido varios años en apenas unos segundos.

—La guardiana del tercer vínculo —susurró—. Aelira.

—¿Quién era? —preguntó Darian.

Elira miró los cristales antes de responder.

—Aelira fue una de las siete antiguas guardianas. Su cometido era proteger el tercer vínculo y custodiar las memorias de aquellos que mantenían el equilibrio entre los mundos. No era la Sanadora del Umbral, aunque ambas pertenecieron a la misma orden y sus destinos quedaron unidos por los acontecimientos que estamos intentando comprender.

Teodora volvió a mirar la máscara.

—Entonces, ¿la mujer que he visto es Aelira?

—Sí. La mujer de la túnica azul es Aelira, la guardiana del tercer vínculo. La Sanadora del Umbral era otra persona: aquella que intentó cerrar la puerta cuando la traición amenazó con destruir el equilibrio. Sus nombres aparecen juntos en algunos de los registros, pero nunca ocuparon el mismo lugar.

—¿Y qué le ocurrió a Aelira? —preguntó Manco Cápac.

Elira negó lentamente con la cabeza.

—Eso es precisamente lo que debemos averiguar. Los documentos que sobrevivieron a la caída de la orden no explican su destino. Solo mencionan que el tercer vínculo fue sellado y que sus recuerdos quedaron ocultos para impedir que alguien los utilizara.

Khubilai Kan señaló la máscara de plata.

—¿Y eso?

Elira se acercó al pedestal sin tocarlo.

—Un rostro para los recuerdos. Algunos guardianes utilizaban máscaras para impedir que sus memorias fueran alteradas por quienes intentaban leerlas.

Atenea observó los siete cristales.

—Entonces, si esta sala conserva los recuerdos de los antiguos guardianes, podríamos descubrir la identidad del traidor.

—Tal vez —respondió Elira—. Pero hay algo más importante. Si la tercera luz está siendo apagada desde dentro, significa que su guardián podría estar atrapado en su propia memoria.

Teodora miró el cristal azul.

—¿Podemos ayudarla?

—No lo sé.

—Tiene que haber una manera.

Elira no respondió inmediatamente.

—La Sanadora del Umbral podía restaurar vínculos que habían sido quebrados. Pero restaurar no significa devolver las cosas a su estado anterior. A veces, para reparar algo, primero hay que descubrir por qué se rompió.

Teodora comprendió entonces que su poder no consistía únicamente en cerrar heridas o devolver fuerzas a quienes las habían perdido. Había algo más profundo en él, algo que todavía no entendía.

Quizá por eso Lucasta había sentido tanto dolor al acercarse al santuario.

Quizá aquella memoria también le pertenecía.

Se acercó al pedestal y extendió la mano hacia la máscara.

—¡Espera! —advirtió Elira.

Pero ya era demasiado tarde.

Cuando los dedos de Teodora rozaron la plata, los siete cristales se encendieron al mismo tiempo.

La sala desapareció.

Teodora se encontró de pie en un pasillo de piedra, rodeada por llamas azules que no producían calor. A su lado estaba Aelira, la guardiana del tercer vínculo, y frente a ambas se alzaba una puerta gigantesca.

Seis guardianes sostenían sus armas, formando un círculo alrededor del hombre de armadura oscura.

Esta vez, Teodora pudo ver su rostro con claridad.

Era el mismo hombre de la visión anterior.

Pero ahora estaba herido.

—¡No lo hagáis! —gritó Aelira, interponiéndose entre él y los demás—. Todavía podemos encontrar otra solución.

Uno de los guardianes bajó su arma.

—Ya ha cruzado el límite. Si dejamos que continúe, todo cuanto hemos protegido desaparecerá.

—¡No es un monstruo! —respondió Aelira—. Está convencido de que puede salvar a quienes perdió.

El hombre levantó la cabeza.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—No quería que esto ocurriera.

Detrás de él, la puerta comenzó a abrirse.

Una corriente de oscuridad inundó el pasillo y las llamas azules se apagaron una tras otra.

Aelira corrió hacia el hombre, pero una fuerza invisible la arrojó al suelo.

Entonces la Sanadora del Umbral apareció al final del corredor.

Teodora la reconoció inmediatamente.

Su rostro era idéntico al que había visto grabado en la fuente.

La mujer levantó el bastón y una barrera de luz rodeó a los guardianes.

—¡La puerta debe cerrarse! —ordenó.

—¡No! —gritó el hombre—. ¡Todavía puedo controlarlo!

La sanadora lo miró con una tristeza infinita.

—Ese es precisamente el peligro. Crees que todavía puedes elegir qué parte de la oscuridad dejar entrar.

La puerta se estremeció.

Una mano gigantesca, cubierta de sombras, apareció al otro lado.

El hombre retrocedió.

Por primera vez, pareció comprender lo que había hecho.

—Ayúdame…

La sanadora extendió una mano hacia él.

Pero, antes de que pudiera alcanzarlo, una figura encapuchada surgió detrás de los guardianes y clavó una hoja negra en el suelo.

La barrera se quebró.

La mujer del bastón gritó mientras la luz se deshacía a su alrededor.

Y el hombre de armadura oscura desapareció entre las sombras.

Teodora sintió que el mundo se precipitaba bajo sus pies.

La última imagen que vio fue el rostro de la Sanadora del Umbral, que volvió la mirada directamente hacia ella.

—No busques solamente al traidor —dijo la mujer—. Busca a quien le enseñó a abrir la puerta.

La visión se rompió.

Teodora regresó a la cámara con un grito ahogado.

Manco Cápac la sostuvo antes de que cayera al suelo, mientras Atenea levantaba su escudo y Khubilai Kan se colocaba frente a la entrada.

Los cristales parpadearon.

Uno a uno, comenzaron a apagarse.

Elira se acercó a Teodora.

—¿Qué has visto?

Teodora intentó recuperar el aliento.

—El hombre de la armadura no actuó solo. Había alguien más. Una figura encapuchada que rompió la barrera desde dentro.

La anciana palideció.

—Entonces la traición fue más profunda de lo que imaginábamos.

—La Sanadora del Umbral me dijo que buscara a quien le enseñó a abrir la puerta.

Elira retrocedió lentamente.

—Eso significa que el verdadero responsable podría seguir vivo.

Un estruendo sacudió la cámara.

El cristal azul del pedestal se resquebrajó y una onda de energía recorrió las paredes. Lucasta desplegó sus alas y se interpuso entre Teodora y el pedestal.

Por primera vez, su luz dorada no se limitó a iluminar la sala.

Se extendió por los siete cristales y penetró en sus grietas, como si intentara mantenerlos unidos.

Teodora sintió una oleada de calor en el pecho.

No era su propia energía.

Era la de Lucasta.

—¡Lucasta, basta! —exclamó, acercándose al dragón—. ¡Vas a hacerte daño!

Pero el pequeño dragón no se apartó.

Su voz resonó dentro de la mente de Teodora, débil y temblorosa.

No dejes que recuerden.

Teodora se quedó inmóvil.

—¿Qué?

Si recuerdan todo… él encontrará el camino.

El último cristal se apagó.

Lucasta cayó sobre las patas delanteras y plegó las alas, exhausto.

Teodora se arrodilló junto a él y apoyó la frente contra la suya.

—Está bien. No tienes que hacerlo solo.

El dragón cerró los ojos.

Y entonces, desde algún lugar de la cámara, llegó un sonido que ninguno de ellos esperaba.

Una risa.

Lenta.

Distante.

Pero inconfundiblemente humana.

Khubilai Kan giró sobre sus talones y levantó la espada.

—¡Mostrad la cara!

Nadie respondió.

Atenea recorrió la sala con la mirada, buscando cualquier movimiento entre las sombras.

Manco Cápac permaneció junto a Teodora, sin soltarla.

Elira, en cambio, contemplaba la máscara de plata.

La había visto cambiar.

Una grieta atravesaba ahora su superficie y, detrás de ella, se distinguía un ojo humano que observaba al grupo desde el interior del pedestal.

La anciana dio un paso atrás.

—No puede ser…

Teodora se levantó lentamente.

—¿Qué sucede?

Elira no apartó la mirada de la máscara.

—Esa memoria no estaba destinada a mostrarnos el pasado.

El ojo parpadeó.

Y una voz conocida, la misma que había hablado desde la fuente, susurró desde el interior de la plata:

—Gracias por abrirme el camino, última sanadora.

La máscara se hizo añicos.

Durante un instante, una sombra con forma humana se alzó sobre el pedestal. No tenía rostro, pero en el centro de su pecho ardía una pequeña esfera azul.

Después desapareció.

Elira cayó de rodillas.

En sus manos, el cristal que había guiado al grupo desde Valdoria se apagó por completo.

Teodora comprendió entonces que su búsqueda había tenido un precio.

Al intentar descubrir la verdad sobre los antiguos guardianes, habían permitido que algo utilizara sus recuerdos para encontrar una salida.

Y Lucasta lo había sabido desde el principio.

Muy lejos de allí, bajo el cielo rojo, el hombre de armadura oscura levantó la cabeza.

La esfera azul que sostenía entre las manos comenzó a brillar.

Frente a él, la puerta se abrió un poco más.

—Ya tenemos el camino —dijo una voz desde las sombras.

El hombre contempló la luz con una expresión indescifrable.

—No. Tenemos algo mejor.

Alzó la mirada hacia el horizonte, donde una nueva estrella acababa de aparecer sobre la tierra cubierta de ceniza.

—Ahora sabemos que la sanadora puede abrir lo que nosotros no conseguimos tocar.

La figura encapuchada se acercó a su lado.

—¿Y qué haremos cuando llegue hasta nosotros?

El hombre sonrió.

—Le mostraremos la verdad.

Detrás de ellos, cientos de figuras comenzaron a moverse.

Y mientras la tercera luz se extinguía en las profundidades del mundo, una cuarta estrella parpadeó en el cielo.

La búsqueda de los guardianes había comenzado.

Pero quizá el mayor peligro no fuera encontrar a quienes habían desaparecido.

Quizá fuera descubrir quiénes habían estado esperando su regreso.




¡Hasta aquí llegamos con éste capítulo de esta Historia de Aventuras!

Espero que les haya entretenido y esperen con ansias el próximo capítulo la semana que viene.


Muchas gracias por su tiempo y apoyo,

Los estaré viendo cada semana con un capítulo nuevo.

🌸Persephone



Plataforma de comunicación

Unirse al Discord de Infinity Kingdom para resolver problemas y dudas. Busca el canal en español, y si no lo encuentras, pregunta en el chat general. Puedes buscarme como 🌸Persephone, y tengo el rol de Press Officer (Oficial de Prensa), así que siéntete libre de enviarme un mensaje privado.


Links para descargar el juego

Game Download Link  

Game Download Link Korea

Game Download Link Tw/Hk

- Infinity Kingdom / 無盡城戰

Translate