
🌸 Muy buenas tardes, ¡bienvenidos a un nuevo capítulo de mi historia, "La Última Sanadora"!
Soy Persephone, y hoy tengo el placer de presentarles el capítulo ciento quince que se enfoca en Teodora, sus aventuras y su evolución para convertirse en la más destacada curandera de los últimos tiempos.
¡Acompáñenme en este emocionante capítulo!
🌸 Resumen del anterior capítulo: “Las Luces del Despertar”
Las luces del observatorio de Valdoria vuelven a despertar, revelando que su misterioso resplandor está relacionado con Teodora y Lucasta. Gracias a una visión provocada por el pequeño dragón dorado, Teodora descubre la existencia de una antigua figura conocida como la Sanadora del Umbral, una mujer capaz de restaurar vínculos entre mundos. Darian explica que aquella guardiana desapareció hace siglos, cuando la orden de astrónomos selló el observatorio. Poco después, una anciana llamada Elira llega a la posada y revela que ha custodiado los archivos olvidados del consejo. Mediante un cristal mágico, les muestra un mapa con siete luces vinculadas a antiguos guardianes: la de Valdoria ya ha despertado, mientras que las otras seis permanecen apagadas.
Aunque Teodora desconoce el verdadero origen de su don, comprende que su presencia no es una coincidencia y decide acompañar a sus compañeros al observatorio para descubrir la verdad. Elira les advierte que, en las profundidades de la torre, existe una cámara sellada cuya puerta solo responderá cuando las siete luces hayan reconocido a sus guardianes. Sin embargo, lejos de Valdoria, una figura encapuchada observa cómo una esfera azul comienza a brillar y comprende que el regreso de la sanadora amenaza el antiguo sello. Mientras una de las siete marcas de una enorme puerta se ilumina, algo golpea desde el otro lado, anunciando que una fuerza desconocida podría estar a punto de regresar al mundo.
🌸 Capítulo 115: “La Tercera Luz”
La campana volvió a sonar cuando todavía no había amanecido.
Su eco atravesó las montañas que rodeaban Valdoria y descendió sobre los tejados de la ciudad, despertando a quienes aún recordaban las antiguas historias del distrito del observatorio. Fue un sonido breve, profundo, casi imperceptible para quienes no sabían escucharlo. Sin embargo, para Teodora, aquel tañido tuvo el mismo efecto que una mano apoyada sobre su corazón.
Se incorporó en la cama de la posada y buscó con la mirada a Lucasta.
El pequeño dragón dorado permanecía junto a la ventana, con las alas ligeramente extendidas. Su cuerpo irradiaba una luz tenue que iluminaba las cortinas y dibujaba reflejos dorados sobre el suelo. No parecía alarmado, pero sus ojos estaban fijos en las montañas del norte.
Teodora se levantó y se acercó a él.
—¿Es allí donde debemos ir?
Lucasta giró la cabeza hacia ella. No respondió con palabras, pues nunca las había necesitado. En su lugar, apoyó la frente contra la mano de Teodora y le transmitió una sensación clara: distancia, frío y una puerta que aguardaba en silencio.
Después, la luz de su cuerpo se apagó casi por completo.
Teodora retiró la mano, sorprendida por aquella repentina debilidad.
—¿Qué te sucede?
El pequeño dragón plegó las alas y se acomodó junto a ella. Por primera vez desde que lo conocía, Teodora tuvo la impresión de que Lucasta no estaba intentando guiarla, sino advertirle de algo que ni siquiera él comprendía por completo.
Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—Si ya estás despierta, será mejor que bajes —dijo Atenea desde el otro lado—. Elira quiere que salgamos cuanto antes.
Cuando Teodora llegó a la sala común, encontró a sus compañeros reunidos alrededor de una mesa. Darian había extendido varios mapas antiguos, mientras que Khubilai Kan revisaba las correas de su equipo. Manco Cápac estaba junto a la ventana, observando cómo la primera claridad del amanecer se abría paso entre las nubes.
Elira los esperaba de pie, envuelta en su capa gris. El medallón de siete puntas descansaba sobre su pecho.
—La campana ha sonado tres veces durante la noche —explicó—. La última vez que ocurrió algo semejante, el consejo ordenó cerrar todos los accesos al observatorio.
—¿Y ahora qué ordenaría? —preguntó Atenea.
—Probablemente lo mismo. Pero ya no tenemos un consejo dispuesto a reconocer lo que sucede, ni tiempo para obedecer órdenes de personas que desconocen el peligro.
Darian levantó la mirada de los mapas.
—¿Cuánto tardaremos en llegar a la torre?
—A pie, unas dos horas. Pero no iremos directamente al observatorio.
Khubilai Kan dejó de ajustar su equipo.
—¿Por qué no?
Elira señaló una línea dibujada sobre uno de los mapas. Partía de las murallas de Valdoria, atravesaba un bosque y terminaba en un pequeño círculo situado al pie de las montañas.
—Antes de que la orden sellara la torre, existían siete santuarios. Cada uno protegía un punto donde los vínculos entre nuestro mundo y el exterior eran especialmente débiles. El observatorio coordinaba a los guardianes, pero los santuarios servían para mantener el equilibrio.
Manco Cápac se acercó al mapa.
—¿Este es uno de ellos?
—El Santuario de las Raíces. Se encuentra bajo un antiguo roble, al otro lado del bosque de Niebla. Según los registros, allí se conservaba una de las primeras memorias de la orden.
—¿Y por qué no nos hablaste de él anoche? —preguntó Teodora.
Elira sostuvo su mirada.
—Porque hasta anoche no tenía motivos para creer que todavía existiera.
La anciana recogió el cristal azul y lo guardó cuidadosamente dentro de una bolsa de cuero. Antes de cerrar el cordón, comprobó que su luz continuaba encendida.
—Si una de las otras luces ha despertado, necesitamos averiguar quién es su guardián. Y si el sello está debilitándose, también debemos descubrir qué se encuentra detrás de la puerta.
—¿Lo que sea que está golpeando desde el otro lado? —preguntó Khubilai Kan.
Elira asintió lentamente.
—Exactamente.
Nadie volvió a hacer preguntas. No porque estuvieran satisfechos con las respuestas, sino porque todos comprendieron que, a partir de aquel momento, cada minuto podía importar.
El bosque de Niebla recibió al grupo con un silencio extraño.
Los árboles crecían tan juntos que sus copas apenas permitían el paso de la luz. La humedad cubría las raíces y las piedras, mientras una neblina plateada se deslizaba entre los troncos. No se escuchaban pájaros ni insectos. Incluso el viento parecía haberse detenido antes de entrar en aquel lugar.
Atenea avanzaba al frente, con el escudo sujeto al brazo y la espada preparada. Khubilai Kan caminaba unos pasos detrás, atento a cualquier movimiento entre los árboles. Manco Cápac protegía el flanco derecho, mientras Darian seguía las indicaciones de Elira.
Teodora permanecía cerca de Lucasta.
Desde que habían abandonado Valdoria, el dragón había mantenido las alas plegadas y la cabeza baja. Su luz era apenas un resplandor bajo las escamas, como una estrella cubierta por nubes.
—Nunca lo había visto así —murmuró ella.
Manco Cápac volvió ligeramente la cabeza.
—¿Crees que está enfermo?
—No lo sé. Siento que está intentando resistirse a algo.
Manco redujo el paso para caminar a su lado.
—Entonces no tienes que descubrirlo todo hoy.
Teodora lo miró. La serenidad de su voz le ofreció un pequeño alivio, aunque no consiguió apartar de su mente la imagen de la mujer encapuchada que había visto en su visión.
—¿Y si esto tiene que ver conmigo? ¿Y si lo que está despertando es consecuencia de mi poder?
—Entonces lo enfrentaremos juntos.
No pronunció aquellas palabras como una promesa heroica ni como una declaración solemne. Las dijo con la sencillez de quien ya había tomado una decisión y no consideraba necesario discutirla.
Teodora sonrió débilmente.
—Siempre encuentras la manera de hacer que todo parezca más sencillo.
—No he dicho que sea sencillo. He dicho que no estarás sola.
Durante unos instantes, caminaron en silencio. Sus manos llegaron a rozarse cuando tuvieron que sortear una raíz que sobresalía del sendero. Ninguno se apartó de inmediato.
Pero aquel momento de calma terminó cuando Atenea levantó el puño.
Todos se detuvieron.
Delante de ellos, la niebla se había abierto formando un corredor estrecho. Al fondo se alzaba un roble gigantesco, tan antiguo que sus raíces sobresalían de la tierra como los muros de una fortaleza. Su tronco estaba cubierto de símbolos que parecían cambiar de forma cuando se los observaba demasiado tiempo.
Elira se acercó con cautela.
—Hemos llegado.
Darian contempló el árbol con asombro.
—No aparece en ninguno de los mapas modernos.
—Porque la orden lo ocultó —respondió Elira—. O quizá porque el bosque decidió esconderlo.
Khubilai Kan observó los alrededores.
—Sea cual sea la respuesta, preferiría que no nos quedáramos aquí demasiado tiempo.
Tenía razón. Algo se movía en la niebla.
No eran sombras producidas por las ramas ni animales escondidos entre los arbustos. Eran siluetas altas y delgadas que aparecían entre los troncos y desaparecían cuando alguien intentaba mirarlas directamente.
Atenea levantó el escudo.
—Estamos siendo observados.
Elira no pareció sorprendida.
—El santuario no permitirá que nos acerquemos sin comprobar primero quiénes somos.
—¿Y cómo piensa hacerlo? —preguntó Manco Cápac.
La respuesta llegó desde el suelo.
Las raíces del roble comenzaron a desplazarse lentamente, separándose unas de otras hasta revelar una abertura oscura bajo el tronco. Una corriente de aire frío emergió de las profundidades, acompañada por un murmullo que Teodora reconoció de inmediato.
Era la misma voz que había escuchado durante su primera visión.
Lucasta levantó bruscamente la cabeza.
Su cuerpo se iluminó de golpe y, durante un instante, el bosque entero quedó bañado en oro.
Entonces las siluetas de la niebla se detuvieron.
Una de ellas avanzó hacia el grupo. Llevaba una armadura antigua, cubierta de musgo y marcas que recordaban las siete puntas del símbolo. No tenía rostro visible bajo el casco, pero en el centro de su pecho ardía una pequeña luz azul.
Elira retrocedió un paso.
—Un centinela.
La figura levantó una lanza y la clavó en el suelo. Un círculo de energía se extendió entre las raíces, rodeando a los viajeros.

—Nadie entrará —declaró una voz áspera— mientras el vínculo permanezca incompleto.
Atenea se adelantó.
—No buscamos luchar contra ti. Necesitamos respuestas.
El centinela giró lentamente el casco hacia ella.
—Las respuestas no pertenecen a quienes llegan armados.
—Entonces hemos venido al lugar equivocado —replicó Khubilai Kan, sin bajar la mano de su espada.
—¡Esperen! —intervino Teodora.
No sabía por qué había hablado. Solo sabía que la presencia del centinela despertaba en ella una tristeza profunda, semejante a la que sentía al encontrar a alguien que llevaba demasiado tiempo sufriendo.
Dio un paso hacia el círculo.
Atenea intentó sujetarla del brazo, pero Teodora negó suavemente con la cabeza.
—No quiero hacerte daño —dijo al guardián—. Solo quiero saber qué está sucediendo.
La luz azul del pecho de la figura parpadeó.
—Sanadora…
La palabra resonó entre los árboles.
Teodora se quedó inmóvil.
—¿Me conoces?
El centinela inclinó la cabeza, como si luchara contra una fuerza invisible.
—No… a ti. A quien camina detrás de tu memoria.
El corazón de Teodora comenzó a latir con fuerza.
—¿Qué significa eso?
La figura levantó la lanza. Durante un instante, el círculo de energía se volvió más intenso, obligando a todos a retroceder. Lucasta extendió las alas y lanzó un destello dorado que chocó contra la barrera.
El impacto hizo temblar el roble.
Y entonces el centinela cayó de rodillas.
La luz azul de su pecho se apagó y una grieta apareció en su armadura. De ella escapó una niebla oscura que se retorció sobre las raíces antes de desvanecerse en el aire.
Elira palideció.
—Eso no debería ser posible.
Manco Cápac se acercó a la figura, pero se detuvo cuando el centinela volvió a levantar la cabeza.
Esta vez, su voz no sonó amenazante. Parecía proceder de alguien agotado después de una espera interminable.
—La primera luz ha despertado. La segunda ha respondido. Pero la tercera… la tercera está siendo devorada.
El guardián volvió la mirada hacia Teodora.
—Si deseas abrir el camino, debes encontrar al portador antes de que la oscuridad lo consuma.
—¿Dónde está? —preguntó ella con urgencia.
El centinela señaló la abertura bajo el roble.
—La memoria os mostrará el camino. Pero recordad esto, última sanadora: no todos los guardianes desean despertar.
Su cuerpo se deshizo en pequeños fragmentos de luz azul que se elevaron entre las ramas y desaparecieron.
El círculo de energía se extinguió.
Durante varios segundos, ninguno de los viajeros habló.
Finalmente, Darian se acercó a la abertura.
—¿Qué hacemos ahora?
Elira sacó el cristal azul de su bolsa. La pequeña luz de su interior brillaba con mayor intensidad que antes y proyectaba sobre las raíces un sendero de símbolos antiguos.
—Entramos. Si el centinela ha hablado de una tercera luz, significa que el despertar de los guardianes ya no está siguiendo el orden previsto.
Khubilai Kan desenvainó por completo su espada.
—Y eso significa que alguien está interfiriendo.
—O que algo ha comenzado a moverse antes de tiempo —añadió Atenea.
Teodora miró a Lucasta. El pequeño dragón parecía haber recuperado parte de su energía, aunque mantenía la mirada fija en la oscuridad que se abría bajo el roble.
Ella respiró profundamente y descendió el primer escalón de piedra.
Manco Cápac la siguió sin vacilar. Después fueron Atenea, Khubilai Kan, Darian y, finalmente, Elira, quien cerró la marcha.
La abertura se cerró detrás de ellos.
Las escaleras descendían mucho más de lo que el tamaño del roble parecía permitir. Las paredes estaban cubiertas de inscripciones y pequeños nichos vacíos, como si alguna vez hubieran contenido objetos que fueron retirados apresuradamente.
El cristal de Elira iluminaba el camino, pero no conseguía disipar por completo las sombras.
Al llegar al fondo, encontraron una cámara circular.
En el centro había una fuente seca, rodeada por siete columnas. Seis estaban agrietadas y cubiertas de polvo. La séptima conservaba una luz dorada que palpitaba suavemente, al mismo ritmo que el resplandor de Lucasta.
Teodora se acercó a la fuente.
En su superficie había grabada una figura femenina con un bastón en las manos. Su rostro estaba erosionado, pero la forma de su túnica era idéntica a la que había visto en su visión.
—Es ella —susurró.
Elira se colocó a su lado.
—La Sanadora del Umbral.
Teodora pasó los dedos sobre la piedra.
—¿Por qué me está llamando?
No esperaba una respuesta. Sin embargo, cuando su mano tocó el centro de la fuente, una luz recorrió las siete columnas y llenó la cámara de un resplandor plateado.
Las inscripciones comenzaron a moverse.
Una imagen apareció sobre el agua invisible de la fuente: siete figuras reunidas alrededor de una puerta. Seis llevaban armas distintas; la séptima sostenía un bastón de luz. Detrás de ellos, una sombra inmensa se extendía por un cielo sin estrellas.

La mujer del bastón se volvió hacia los demás.
Aunque Teodora no escuchó palabras, comprendió que estaban discutiendo. Uno de los guardianes señalaba la puerta; otro negaba con la cabeza. Finalmente, la mujer levantó el bastón y una barrera de luz envolvió a las siete figuras.
La visión cambió.
Los guardianes habían desaparecido.
Solo quedaba la mujer, arrodillada frente a la puerta. Su bastón estaba roto y una de las siete luces se había vuelto negra.
Entonces levantó la cabeza, como si pudiera ver a Teodora a través de los siglos.
Y una voz habló dentro de su mente.
—No fuimos nosotros quienes abrimos la puerta.
Teodora contuvo la respiración.
—¿Quién lo hizo?
La figura extendió una mano hacia ella.
—Uno de los nuestros.
La visión se desvaneció.
Teodora retiró la mano de la fuente y cayó de rodillas. Manco Cápac llegó a su lado y la sostuvo antes de que perdiera el equilibrio.
—¿Qué has visto?
Ella intentó responder, pero las palabras tardaron en llegar.
—Los guardianes… La puerta… Uno de ellos fue quien la abrió.
Elira cerró los ojos, como si aquella revelación confirmara un temor que llevaba años intentando ignorar.
—Entonces los registros no estaban equivocados —murmuró—. La orden no selló el observatorio para proteger el mundo de aquello que estaba al otro lado.
Atenea la miró con severidad.
—¿Qué estás diciendo?
La anciana volvió los ojos hacia las siete columnas.
—Quizá lo sellaron para impedir que alguien volviera a abrirlo desde este lado.
Un sonido profundo sacudió la cámara.
La luz dorada de la séptima columna se apagó durante un instante y, desde las profundidades de la tierra, llegó un golpe.
Después otro.
Y un tercero.
Lucasta lanzó un chillido que resonó entre las paredes. Su cuerpo se iluminó con tanta intensidad que Teodora tuvo que cubrirse los ojos.
En la fuente apareció una última imagen.
Un hombre de rostro desconocido, vestido con una armadura oscura, sostenía una esfera azul entre las manos. Frente a él, una enorme puerta comenzaba a abrirse. Al otro lado no había un vacío ni un mundo de estrellas, sino una extensión de tierra cubierta de ceniza, donde cientos de figuras inmóviles aguardaban bajo un cielo rojo.
El hombre levantó la mirada.
Sus ojos encontraron los de Teodora a través de la visión.
Y sonrió.
—Por fin —dijo—. La última sanadora ha encontrado el camino.
La imagen desapareció.
En el silencio que siguió, Teodora sintió que algo acababa de cambiar dentro de ella. No había recuperado todos sus recuerdos, ni comprendía el propósito de las siete luces. Pero ahora sabía que la antigua orden había ocultado una verdad mucho más peligrosa que una puerta entre mundos.
Uno de los guardianes había traicionado a los demás.
Y, en algún lugar más allá de las montañas, alguien conocía su nombre.
Manco Cápac se puso de pie y le ofreció la mano. Teodora la aceptó sin apartar la mirada de la fuente.
—Sea quien sea ese hombre —dijo Atenea, ajustándose el escudo—, no permitiremos que decida el destino de nuestro mundo.
Khubilai Kan levantó su espada, mientras Darian recogía el cristal de Elira, que ahora mostraba una nueva marca azul sobre su superficie.
La anciana contempló el símbolo y palideció.
—No lo comprendéis —susurró—. La tercera luz no está despertando.
Teodora se volvió hacia ella.
—¿Entonces qué está pasando?
Elira cerró la mano alrededor del cristal.
—Alguien la está apagando.
Muy lejos de allí, bajo un cielo rojo, la figura encapuchada se detuvo frente a la puerta abierta. Detrás de ella, las figuras inmóviles comenzaron a levantar la cabeza.
Una voz emergió de la oscuridad.
—La sanadora ha visto nuestro rostro.
El hombre sonrió y guardó la esfera azul bajo su capa.
—Entonces dejaremos de escondernos.
Y mientras la tercera luz se extinguía en las profundidades del mundo, la puerta volvió a abrirse un poco más.
¡Hasta aquí llegamos con éste capítulo de esta Historia de Aventuras!
Espero que les haya entretenido y esperen con ansias el próximo capítulo la semana que viene.
Muchas gracias por su tiempo y apoyo,
Los estaré viendo cada semana con un capítulo nuevo.
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