
🌸 Muy buenas tardes, ¡bienvenidos a un nuevo capítulo de mi historia, "La Última Sanadora"!
Soy Persephone, y hoy tengo el placer de presentarles el capítulo ciento catorce que se enfoca en Teodora, sus aventuras y su evolución para convertirse en la más destacada curandera de los últimos tiempos.
¡Acompáñenme en este emocionante capítulo!
🌸 Resumen del anterior capítulo: “La Luz del Observatorio”
Teodora presencia un nuevo fenómeno relacionado con Lucasta: una voz misteriosa anuncia que «una ha despertado», mientras el observatorio de Valdoria se ilumina brevemente. Darian revela que antiguamente existió una orden de astrónomos que estudiaba señales procedentes de más allá del mundo y que el observatorio solo debía encenderse cuando algo despertara. Más tarde, Lucasta transmite a Teodora una visión de una torre rodeada por siete luces, acompañada del símbolo de una estrella con siete puntos.
A la mañana siguiente, Darian consigue antiguos documentos que podrían ayudarles a descifrar el misterio. Sin embargo, una campana suena inesperadamente y tres luces aparecen en lo alto del observatorio. Teodora escucha una nueva advertencia: «La primera ya ha despertado. Las demás están por llegar». El grupo comprende que los acontecimientos de Valdoria están conectados con un misterio mucho más antiguo y que el despertar de esas luces apenas está comenzando.
🌸 Capítulo 114: “Las Luces del Despertar”

La tercera luz permaneció encendida durante varios minutos antes de comenzar a debilitarse. Desde la ventana de la posada, Teodora observó cómo su resplandor dorado se transformaba lentamente en una tonalidad azulada, hasta desaparecer por completo. Las otras dos luces se apagaron poco después, dejando nuevamente al observatorio sumido en la oscuridad. Sin embargo, aquella vez nadie creyó que se tratara de una simple coincidencia.
Darian seguía junto a la ventana, con una mano apoyada en el marco y la mirada fija en la torre. Parecía estar intentando recordar algo que llevaba mucho tiempo enterrado en su memoria. Cuando finalmente se volvió hacia los demás, su expresión había cambiado.
—Tenemos que ir a los archivos del consejo antes de que sea demasiado tarde.
Atenea se levantó de la mesa y tomó su escudo, que había dejado apoyado contra la pared.
—¿Demasiado tarde para qué?
—No lo sé —admitió Darian—, pero las campanas del distrito antiguo llevan décadas sin sonar. Según los registros, fueron silenciadas cuando se cerró el observatorio. Si han vuelto a sonar, significa que algo ha cambiado.
Khubilai Kan examinó el pergamino que Darian había traído aquella mañana. La estrella de siete puntas parecía un dibujo sencillo, pero los pequeños símbolos que la rodeaban no pertenecían a ningún alfabeto que él conociera. Pasó un dedo cerca de uno de ellos sin llegar a tocar la tinta.
—¿Y si estas marcas no representan estrellas? —preguntó—. ¿Y si señalan lugares?
Manco Cápac se inclinó sobre la mesa para observar el documento desde otro ángulo.
—Siete puntos, siete luces y una torre que despierta cuando Lucasta brilla. Empiezo a pensar que alguien dejó este rompecabezas para que lo encontráramos.
—O para impedir que alguien lo encontrara —respondió Atenea.
Teodora permanecía en silencio. Desde que había escuchado la voz, sentía una extraña presión en el pecho, como si una parte de ella reconociera aquellas palabras sin comprender su significado. Lucasta estaba junto a su silla, con las alas plegadas y los ojos dorados atentos a cada movimiento. El pequeño dragón no parecía asustado, pero su resplandor era más intenso de lo habitual.
Teodora se arrodilló a su lado y apoyó una mano sobre su cabeza.
—Si sabes algo que yo todavía no comprendo, necesito que me lo muestres.
Lucasta cerró los ojos.
Durante unos instantes, no ocurrió nada. Después, una cálida sensación recorrió la mano de Teodora y se extendió hasta su pecho. La habitación desapareció ante sus ojos, reemplazada por una oscuridad inmensa en la que flotaban incontables estrellas. En el centro de aquella visión se alzaba una torre mucho más alta que el observatorio de Valdoria. Siete haces de luz descendían desde el cielo y convergían sobre una puerta de piedra.
La puerta tenía grabado el mismo símbolo que aparecía en el pergamino.
Pero había algo más.
Del otro lado se escuchaban voces. No eran palabras que Teodora pudiera comprender, sino un murmullo profundo que parecía proceder de una distancia imposible. Entonces, una silueta apareció frente a la puerta. Era una mujer vestida con una túnica blanca, cuyo rostro permanecía oculto bajo una capucha. En sus manos sostenía un bastón coronado por una luz semejante a la que envolvía a Lucasta.
La mujer levantó la cabeza.
—Cuando la última sanadora recuerde, el camino volverá a abrirse.
Teodora sintió que el corazón se le detenía.
Antes de que pudiera preguntar quién era aquella mujer, la visión se quebró.
Regresó a la habitación con una respiración entrecortada. Atenea se encontraba a su lado, sujetándola por los hombros, mientras Manco Cápac apartaba una silla para dejarle espacio. Khubilai Kan había desenvainado parcialmente su espada, convencido de que algo los había atacado.
—¿Qué has visto? —preguntó Atenea.
Teodora tardó en responder. Miró primero a Lucasta y después a Darian, que la observaba con una expresión que no supo interpretar.
—Una puerta. Siete luces y una mujer que dijo que, cuando la última sanadora recordara, el camino volvería a abrirse.
Darian dejó caer lentamente el pergamino sobre la mesa.
—¿Dijo la última sanadora?
Teodora asintió.
El joven palideció. Esta vez no intentó ocultarlo.
—Eso no puede ser.
—¿Qué es lo que no puede ser? —preguntó Manco Cápac, dando un paso hacia él.
Darian retrocedió hasta apoyarse contra la pared.
—En los archivos antiguos existe una referencia a una mujer que perteneció a la orden de astrónomos. No era una astrónoma, al menos no según los documentos. La describían como una guardiana capaz de percibir aquello que los demás no podían ver. Los registros la llaman la Sanadora del Umbral.
Teodora sintió que el nombre le recorría la piel como un escalofrío.
—¿Y qué le ocurrió?
—Desapareció la noche en que la orden cerró el observatorio. Después de aquello, los registros fueron destruidos o sellados. Nadie volvió a hablar de ella.
—¿Crees que esa mujer era la misma que he visto?
—No lo sé. Pero hay algo que debes comprender, Teodora. Si los relatos son ciertos, la Sanadora del Umbral no curaba únicamente heridas. Se decía que podía restaurar vínculos que habían sido quebrados, incluso aquellos que separaban nuestro mundo de otros lugares.
Atenea frunció el ceño.
—¿Estás diciendo que podía abrir caminos entre mundos?
—Estoy diciendo que no sabemos qué encontró aquella orden. Quizá ni siquiera comprendían lo que estaban buscando.
Teodora bajó la mirada hacia sus manos. Durante toda su vida había entendido su don como una forma de aliviar el sufrimiento, de devolver fuerzas a quienes estaban a punto de rendirse y de proteger a los que todavía podían salvarse. Nunca había imaginado que su poder pudiera estar relacionado con secretos tan antiguos.
—No soy esa mujer —dijo finalmente—. No sé nada de una orden de astrónomos ni de puertas entre mundos.
—Tal vez por eso te están llamando —respondió Darian—. Porque hay algo que todavía no recuerdas.
Las palabras la inquietaron más de lo que quiso admitir.
No obstante, no tuvieron tiempo de continuar la conversación. Un golpe seco resonó en la puerta de la posada. Los cinco se volvieron al mismo tiempo. Lucasta levantó la cabeza y su cuerpo se iluminó de inmediato, proyectando sombras doradas sobre las paredes.
Atenea fue la primera en acercarse a la entrada. Colocó una mano sobre la empuñadura de su espada y abrió apenas lo suficiente para observar el pasillo.
Al otro lado esperaba una anciana de cabello plateado, envuelta en una capa gris. Llevaba un pequeño medallón colgado del cuello, cuyo centro estaba adornado con una estrella de siete puntas.
—Busco a Teodora —dijo la desconocida.
Atenea no se apartó.
—¿Quién la busca?
La anciana dirigió la mirada hacia el interior de la habitación. Sus ojos se detuvieron en Lucasta y, por primera vez, su expresión perdió toda su serenidad.
—Así que el guardián también ha despertado.
Teodora se acercó a la puerta.
—¿Quién es usted?
La mujer inclinó ligeramente la cabeza.
—Mi nombre es Elira. Durante muchos años he custodiado los archivos que el consejo de Valdoria decidió olvidar. Y tú, Teodora, acabas de hacer algo que nadie había conseguido desde hace siglos.
—¿Qué he hecho?
—Has encendido las primeras luces del observatorio.
Darian se interpuso entre ambas.
—Eso es imposible. Las luces se encendieron cuando Lucasta reaccionó.
Elira lo miró con severidad.
—¿De verdad crees que un dragón dorado, nacido de una magia que ya no pertenece a esta época, es capaz de despertar por casualidad una torre que ha permanecido sellada durante siglos?
Nadie respondió.
La anciana entró en la habitación y cerró la puerta detrás de ella. Después colocó sobre la mesa un pequeño objeto envuelto en una tela oscura. Cuando retiró la tela, apareció una pieza de cristal transparente, del tamaño de la palma de una mano. En su interior brillaba una diminuta luz azul.
Teodora se acercó lentamente.
—¿Qué es eso?
—Una memoria —respondió Elira—. O, al menos, lo que queda de ella.
La anciana colocó el cristal junto al pergamino. En cuanto ambos objetos quedaron cerca, los siete puntos del símbolo comenzaron a iluminarse, uno tras otro. El resplandor se extendió por la mesa y dibujó sobre la madera un mapa que ninguno había visto antes.
Valdoria aparecía en el centro, rodeada por montañas y ríos que no figuraban en los mapas actuales. Más allá de sus murallas se distinguían siete círculos, cada uno situado en una región diferente. Seis estaban oscuros. El séptimo, el que correspondía a Valdoria, brillaba con una luz dorada.
—Hace siglos —explicó Elira—, siete guardianes protegían los vínculos que mantenían estable el equilibrio entre nuestro mundo y aquello que existe más allá de él. Cada uno estaba ligado a una luz. Cuando la orden de astrónomos desapareció, los vínculos quedaron sellados y las siete luces se apagaron.
Khubilai Kan estudió el mapa con atención.
—¿Y ahora han comenzado a encenderse otra vez?
—Sí. Pero no porque alguien haya decidido restaurar la orden. Las luces responden al despertar de sus guardianes.
Manco Cápac señaló los seis círculos oscuros.
—¿Dónde están los demás?
Elira retiró la mano del mapa.
—Eso es lo que debemos averiguar. Si las siete luces vuelven a encenderse, el camino se abrirá de nuevo. Y si se abre antes de que comprendamos qué hay al otro lado, nadie podrá garantizar lo que cruzará hacia nuestro mundo.
Teodora miró el círculo dorado de Valdoria.
—¿Y qué tengo que ver yo con todo esto?
La anciana permaneció en silencio durante unos segundos. Parecía estar decidiendo cuánto podía revelarles sin ponerlos en peligro.
Finalmente, se volvió hacia Teodora.
—Tu don no apareció por casualidad. La última sanadora de la antigua orden desapareció dejando una promesa: algún día regresaría alguien capaz de restaurar lo que había sido roto. No sabemos si tú eres esa persona, pero las luces te han reconocido. Y eso significa que tu presencia aquí no es un accidente.
Teodora quiso protestar. Quiso decir que no había elegido formar parte de una historia que desconocía, que no estaba preparada para enfrentarse a fuerzas capaces de alterar el destino de todo un mundo. Sin embargo, al mirar a Lucasta comprendió que el pequeño dragón llevaba tiempo intentando mostrarle algo que ella todavía no podía entender.
No necesitaba conocer todas las respuestas para saber que no podía abandonar aquella búsqueda.
—Llévenos al observatorio —dijo.
Elira asintió, aunque su rostro seguía reflejando preocupación.
—Lo haré. Pero antes debo advertiros de algo. La torre no es solamente un lugar de estudio. En sus profundidades existe una cámara que la orden construyó para proteger aquello que encontraron. Nadie ha entrado en ella desde su desaparición.
—¿Y qué hay dentro? —preguntó Atenea.
La anciana miró el cristal azul, cuya luz comenzaba a intensificarse.
—No lo sabemos. Los últimos registros mencionan una puerta que no puede abrirse con llaves ni con fuerza. Solo responderá cuando las siete luces hayan reconocido a quienes deben cruzarla.
En ese instante, el cristal emitió un sonido delicado, semejante al de una campana distante.
Lucasta extendió las alas.
Teodora sintió una presencia en su mente, pero aquella vez no recibió una imagen ni escuchó una voz desconocida. Fue una sensación mucho más profunda, una certeza que parecía haber estado esperándola desde siempre.
Seis luces permanecían dormidas.
Y en algún lugar más allá de las montañas, una de ellas acababa de abrir los ojos.
Muy lejos de Valdoria, bajo un cielo cubierto de nubes negras, una figura encapuchada levantó la cabeza. Frente a ella, sobre un altar de piedra, una pequeña esfera azul comenzó a brillar. La figura contempló la luz durante unos instantes y después cerró la mano alrededor de ella.
—Así que la sanadora ha regresado —murmuró.
Desde las profundidades de aquella cámara llegó una respuesta, tan tenue que parecía el suspiro de algo que llevaba siglos esperando.
—Entonces, el sello ya no nos protegerá.
La figura volvió la mirada hacia una enorme puerta cubierta de símbolos antiguos. Siete marcas rodeaban su contorno. Una de ellas acababa de iluminarse.
Y, por primera vez en cientos de años, algo golpeó desde el otro lado.
¡Hasta aquí llegamos con éste capítulo de esta Historia de Aventuras!
Espero que les haya entretenido y esperen con ansias el próximo capítulo la semana que viene.
Muchas gracias por su tiempo y apoyo,
Los estaré viendo cada semana con un capítulo nuevo.
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