
🌸 Muy buenas tardes, ¡bienvenidos a un nuevo capítulo de mi historia, "La Última Sanadora"!
Soy Persephone, y hoy tengo el placer de presentarles el capítulo ochenta y cuatro que se enfoca en Teodora, sus aventuras y su evolución para convertirse en la más destacada curandera de los últimos tiempos.
¡Acompáñenme en este emocionante capítulo!
🌸 Resumen del anterior capítulo: “La Aldea que No Dejaba Huella”
El grupo llega a una aldea inquietantemente intacta pero vacía, donde todo parece haber sido dejado con cuidado, no abandonado con prisa. No hay signos de violencia ni huida, solo una ausencia profunda que Teodora percibe como un hueco en el pecho. En el centro del poblado descubren un círculo de piedra donde comprenden la verdad: los habitantes no fueron llevados por la fuerza, sino que aceptaron un pacto. No con un dios, sino con la idea de soltar el peso de decidir y existir, convirtiéndose en presencias incompletas, humanas pero sin voluntad, atraídas por una promesa de descanso absoluto.
Ante las siluetas que emergen y la tentación de esa quietud sin dolor, Teodora entiende que no puede sanarlos ni romper lo que eligieron sin destruirlos. En lugar de eso, crea algo nuevo: un umbral distinto, ofreciéndoles permanecer como memoria consciente, cuidando el lugar que dejaron atrás. Las figuras se estabilizan, la presión cede y la aldea deja de estar vacía en esencia, aunque siga deshabitada. Al marcharse, Teodora siente el peso del cansancio y del cambio: la línea de oscuridad en el horizonte sigue allí, pero ahora parece reconocer en ella algo distinto, una fuerza que no solo sana, sino que empieza a redefinir el equilibrio del mundo.
🌸 Capítulo 84: “Donde el Camino Aprende a Resistir”
El amanecer no llegó de golpe. Se deslizó sobre la tierra como una promesa tímida, filtrándose entre nubes bajas que aún conservaban el color del sueño. El grupo avanzaba en silencio, no por falta de palabras, sino porque el mundo parecía escuchar con demasiada atención.
Tras la aldea, el terreno comenzó a elevarse. Las llanuras blandas quedaron atrás y dieron paso a colinas irregulares, cubiertas de hierba dura y piedras antiguas que asomaban como huesos de un gigante olvidado. El viento soplaba con fuerza constante, arrastrando aromas de sal y tierra húmeda, y también algo más… una nota amarga, difícil de nombrar.
Lucasta caminaba ahora en lugar de volar. Sus alas plegadas rozaban el aire con un murmullo grave, y sus pasos dejaban marcas profundas en el suelo. No era cansancio lo que lo mantenía en tierra, sino atención. Allí donde el dragón elegía avanzar despacio, el mundo solía esconder algo.
Teodora sentía aún el peso de la aldea en los hombros. No como culpa, sino como eco. Cada decisión tomada allí parecía haber abierto una grieta invisible en su interior, una que no dolía, pero tampoco cerraba. Caminaba con la mirada al frente, el bastón apoyado con firmeza, como si cada paso necesitara ser confirmado por el suelo.
Atenea rompió el silencio.
—No es un camino cualquiera —dijo, observando las colinas—. Fue usado durante generaciones. Peregrinos, comerciantes… y ejércitos.
Manco alzó la vista.
—¿Ejércitos?
—Sí —respondió ella—. Pero no para conquistar. Para resistir.
Como si esas palabras hubieran sido una llave, el paisaje comenzó a cambiar. Entre las colinas surgieron restos de muros bajos, círculos de piedra derrumbados, estacas partidas por el tiempo. No eran ruinas de ciudades, sino de campamentos. Lugares donde se había esperado algo. O a alguien.
Khubilai se adelantó unos pasos, la mano cerca del arma.
—Aquí hubo una frontera —dijo—. No de tierras. De voluntades.
El camino se estrechó hasta convertirse en una senda tallada directamente en la roca. A ambos lados, la pendiente caía en declives pronunciados cubiertos de matorrales espinosos. El viento se volvió más frío, y con él llegó un sonido lejano, grave y repetitivo.
Un cuerno.
No era cercano, pero tampoco imaginario.
Lucasta levantó la cabeza de golpe.
—No es una llamada —gruñó—. Es una advertencia.
El grupo se detuvo. El cuerno sonó de nuevo, más claro esta vez, y fue respondido por otro, aún más distante. No era un lenguaje de guerra inmediata, sino de vigilancia. De guardianes que no dormían.
—No estamos solos —murmuró Manco.
Teodora cerró los ojos un instante y dejó que su percepción se extendiera, no como sanadora, sino como caminante. Sintió presencias en las alturas, ocultas entre rocas y sombras. No hostiles. Tampoco abiertas.
—Nos observan —dijo—. Y nos miden.
Un proyectil cayó frente a ellos, clavándose en la roca con un golpe seco. No era una flecha letal, sino una lanza corta, sin punta afilada. Un mensaje.
Desde lo alto surgieron figuras humanas, envueltas en capas oscuras, armadas con lanzas y escudos marcados por símbolos antiguos. No eran soldados regulares, sino guardianes del paso, endurecidos por el viento y el tiempo.

El que parecía liderarlos descendió un tramo del sendero.
—Este camino no acepta viajeros sin causa —dijo con voz firme—. Decidan si avanzan como peregrinos… o como carga.
El silencio se tensó.
Manco dio un paso adelante, pero Teodora lo detuvo con un gesto suave. Fue ella quien avanzó.
—No venimos a tomar —dijo—. Ni a huir. Caminamos porque el mundo se está volviendo más pesado… y alguien debe aprender a sostenerlo sin romperlo.
Los guardianes no reaccionaron de inmediato. El líder la observó con atención, como si buscara algo más allá de sus palabras.
Atenea habló entonces, con la claridad de quien nombra verdades antiguas.
—Ella carga decisiones que otros soltaron. No por poder. Por responsabilidad.
El viento se alzó con fuerza, agitando capas y cabellos. Durante un instante, el mundo pareció contener la respiración.
Finalmente, el guardián asintió.
—Entonces sigan —dijo—. Pero sepan esto: más adelante, el camino deja de ser piedra. Se vuelve recuerdo. Y no todos regresan de allí siendo los mismos.
Las lanzas se retiraron. El paso quedó libre.
Continuaron.
El sendero ascendía ahora hacia una cresta larga y estrecha. Desde allí, el mundo se abría en una vasta extensión de valles, ríos lejanos y montañas oscuras en el horizonte. Y más allá de todo, como una herida que nunca cerraba, la línea de oscuridad.
Pero algo había cambiado.
Teodora lo sintió con claridad. No era que la oscuridad creciera, sino que reaccionaba. Como si cada acto de elección verdadera la obligara a redefinirse. A mostrar nuevas aristas.

—Nos ha visto —dijo Khubilai, siguiendo su mirada.
—Sí —respondió Teodora—. Y no le gusta que el peso ya no caiga donde espera.
Lucasta se colocó a su lado, enorme y silencioso.
—El camino es largo —dijo—. Y lo que viene no se vencerá con fuerza solamente.
Teodora apoyó el bastón en la roca y respiró hondo. Sentía el cansancio, pero también algo nuevo: una determinación serena, nacida no de la urgencia, sino del sentido.
—Entonces caminaremos —dijo—. No para llegar rápido. Sino para llegar enteros.
El sol finalmente rompió las nubes, bañando el sendero con una luz dorada. Y mientras el grupo avanzaba por la cresta, pequeño frente a la vastedad del mundo, el camino —antiguo y paciente— pareció aceptar de nuevo su tarea.
No solo conducir.
Sino acompañar.
¡Hasta aquí llegamos con éste capítulo de esta Historia de Aventuras!
Espero que les haya entretenido y esperen con ansias el próximo capítulo la semana que viene.
Muchas gracias por su tiempo y apoyo,
Los estaré viendo cada semana con un capítulo nuevo.
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