
🌸 Muy buenas tardes, ¡bienvenidos a un nuevo capítulo de mi historia, "La Última Sanadora"!
Soy Persephone, y hoy tengo el placer de presentarles el capítulo ochenta y uno que se enfoca en Teodora, sus aventuras y su evolución para convertirse en la más destacada curandera de los últimos tiempos.
¡Acompáñenme en este emocionante capítulo!
🌸 Resumen del anterior capítulo: “Antes del Segundo Hilo”
Tras cerrar el umbral, el grupo emerge a un camino distinto: una salida real hacia un mundo que vuelve a obedecer leyes conocidas, aunque cargado de un silencio inquietante. Manco, Atenea y Khubilai Kan perciben que la prueba no ha terminado, solo ha cambiado de forma. Teodora, exhausta, siente aún el eco de los hilos que separó en el núcleo: cumplió su promesa y obró correctamente, pero con la certeza de que no fue suficiente. La liberación de un ancla ha alterado un sistema mayor, y otros, no todos con intención de sanar, lo notarán.
Al avanzar hacia una llanura gris bajo un amanecer indeciso, comprenden el alcance de lo ocurrido. La liberación importa, pero implica consecuencias: hay más anclas, más marcas, y ahora existe la posibilidad de la libertad. El equilibrio aceptado es frágil y condicionado; no se confía en Teodora, sino en la opción que ha abierto. La nueva aventura, concluyen, comenzó en el instante en que el hilo se soltó.
Decididos a seguir juntos, asumen que habrá personas cambiadas, vacíos que llenar y respuestas que ofrecer. Teodora avanza con cansancio, pero también con una certeza nueva y firme. Mientras el grupo se interna en la llanura, dejando atrás un lugar comprendido y no conquistado, algo antiguo, muy lejos, reajusta sus anclas restantes. No para atacar, sino para observar.
🌸 Capítulo 81: “El Equilibrio Roto”

El camino se volvió más estrecho conforme la llanura quedaba atrás. No por la forma del terreno, sino por la sensación compartida de que cada paso los alejaba de un lugar comprensible y los acercaba a algo aún sin nombre. La bruma matinal se disipó del todo, dejando al descubierto colinas suaves y restos de senderos humanos que ya no conducían a ningún asentamiento vivo. Había huellas antiguas, superpuestas unas a otras, como si generaciones enteras hubieran pasado por allí sin llegar a detenerse nunca.
Teodora caminaba en silencio, con las manos envueltas en las mangas, concentrada en una percepción nueva que no lograba ignorar. No era dolor ni miedo. Era una tensión sutil, similar a la que precede a una tormenta que aún no decide caer. Atenea la observaba de reojo, sin interrumpirla. Había aprendido que algunas batallas se libraban hacia dentro, y que forzar palabras podía romper equilibrios más delicados que cualquier pacto antiguo.
Lucasta avanzaba un poco más adelante, sus alas plegadas con cuidado para no rozar las rocas que flanqueaban el sendero. El dragón se detenía de tanto en tanto, inclinando la cabeza como si escuchara algo que el resto no podía oír. No había hostilidad en su comportamiento, pero sí una alerta constante, madura, distinta a la curiosidad imprudente de su juventud.
Fue Khubilai Kan quien rompió el silencio.
—Hay gente cerca —dijo, sin señalar—. No armados. No ocultos. Pero… marcados.
Teodora se detuvo al instante.
—¿Marcas como las del núcleo? —preguntó.
Khubilai negó lentamente.
—No iguales. Más débiles. Inestables. Como una sombra mal cosida.
No tardaron en encontrarlos. Al descender por una pendiente cubierta de hierba seca, vieron un pequeño campamento improvisado junto a lo que alguna vez había sido un camino comercial. Tres carretas abandonadas, telas remendadas, un fuego apagado a medias. Había personas sentadas alrededor, inmóviles, con la mirada fija en el suelo o en el vacío. No parecían heridos. Tampoco enfermos.
Solo ausentes.
Una mujer joven levantó la vista al notar su presencia. Sus ojos estaban abiertos de más, como si el parpadeo fuera un gesto olvidado.
—No venimos a hacerles daño —dijo Manco con voz firme, avanzando despacio—. Solo estamos de paso.
La mujer lo observó unos segundos interminables antes de responder.
—Eso dijeron los otros —murmuró—. Y luego… ya no sentí el peso.
Teodora dio un paso al frente. Algo en el aire cambió, apenas perceptible.
—¿Qué peso? —preguntó con suavidad.
La mujer se llevó una mano al pecho.
—El que te mantiene aquí —respondió—. El que te dice quién eres cuando despiertas.
Teodora cerró los ojos un instante. Allí estaba. No una cadena completa, no un ancla profunda. Una marca residual. Un eco del sistema que había comenzado a romper.
—¿Cuántos son? —preguntó Atenea, recorriendo el campamento con la mirada.
—Éramos doce —dijo la mujer—. Cuatro se fueron anoche. Dijeron que escuchaban algo llamándolos. No volvieron.
Khubilai frunció el ceño.
—No es una liberación —sentenció—. Es una fisura.
Teodora se arrodilló frente a la mujer, ignorando el cansancio que aún vibraba en su interior.
—Puedo intentar ayudarte —dijo—. Pero necesito que confíes en mí.
La mujer dudó. Luego asintió, como si ya no tuviera fuerzas para oponerse.
Teodora apoyó dos dedos en su muñeca. No invocó luz. No tejió hilos. Escuchó.
La marca respondió como una herida antigua: no dolía, pero tiraba. No obedecía a una voluntad externa clara, sino a la ausencia de ella. Alguien, o algo, había aprendido a dejar incompletas las ataduras. A soltar sin sostener.
Teodora retiró la mano, respirando hondo.
—No puedo borrar esto —admitió—. No todavía. Pero puedo estabilizar. Darte algo propio a lo que aferrarte.
Atenea se acercó.
—¿Qué necesitas?
—Tiempo —respondió Teodora—. Y que nadie interfiera.
Manco asintió de inmediato, colocándose entre el grupo y el resto del campamento. Lucasta se sentó detrás de Teodora, su calor formando un círculo silencioso de protección.

Teodora cerró los ojos y, por primera vez desde el núcleo, dejó que su luz fluyera sin buscar cortar ni separar. Solo sostuvo. Como una mano firme en medio de un cruce incierto.
La mujer inhaló con dificultad, luego con más profundidad. Sus hombros se relajaron. Parpadeó.
—Pesa… —susurró—. Pero es mío.
Teodora sonrió, exhausta.
Cuando se incorporó, Khubilai la observaba con atención renovada.
—Ahora lo sabes —dijo—. No basta con liberar. Alguien está probando qué pasa después.
Teodora miró el campamento, a las personas que comenzaban lentamente a reaccionar, a volver.
—Entonces este es el siguiente paso —respondió—. Aprender a sanar lo que queda cuando las cadenas se rompen mal.
Atenea apoyó una mano en su hombro.
—Y descubrir quién está dejando esas fisuras.
A lo lejos, más allá de las colinas, algo respondió a ese pensamiento. No con palabras. Con intención.
Y esta vez, no estaba observando en silencio.
¡Hasta aquí llegamos con éste capítulo de esta Historia de Aventuras!
Espero que les haya entretenido y esperen con ansias el próximo capítulo la semana que viene.
Muchas gracias por su tiempo y apoyo,
Los estaré viendo cada semana con un capítulo nuevo.
🌸Persephone
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