
🌸 Muy buenas tardes, ¡bienvenidos a un nuevo capítulo de mi historia, "La Última Sanadora"!
Soy Persephone, y hoy tengo el placer de presentarles el capítulo ochenta que se enfoca en Teodora, sus aventuras y su evolución para convertirse en la más destacada curandera de los últimos tiempos.
¡Acompáñenme en este emocionante capítulo!
🌸 Resumen del anterior capítulo: “El Umbral que Respira”
Manco y Atenea ingresan a una cámara dominada por una calma pesada y antinatural, donde Teodora sostiene un frágil equilibrio frente a una entidad sin forma definida, más cercana a un aprendiz temeroso que a un enemigo. La entidad les advierte que no avancen, pues cualquier movimiento precipitado rompería la delicada separación que Teodora mantiene. Atenea comprende entonces que la criatura ha cargado durante eras con errores ajenos, y Teodora le revela que los humanos marcados no quedarían vacíos si las anclas se liberan, sino libres, pues ella puede guiarlos a llenar ese espacio con algo nuevo. La entidad duda, consciente del costo que ese acto supone para Teodora, quien admite no ser infinita, pero afirma no estar sola, respaldada por la presencia silenciosa de sus compañeros.
Como prueba, la entidad permite liberar una sola ancla. Teodora elige el hilo más débil y, con cuidado, lo sostiene y envuelve en luz sin forzarlo, evitando el colapso. El ancla se suelta y, en la distancia, un humano respira aliviado por primera vez en semanas: nada se rompe. El núcleo permanece estable, aunque transformado, y la entidad acepta que el proceso continuará con tiempo. Se abre entonces un sendero de salida; Teodora, agotada, es sostenida por Manco antes de caer y promete regresar, distinta. El umbral se cierra sin hostilidad, como una herida que empieza a sanar, y en lo profundo el abismo, por primera vez en mucho tiempo, no reacciona: espera.
🌸 Capítulo 80: “Antes del Segundo Hilo”
El umbral se cerró detrás de ellos con un murmullo grave, casi respetuoso, y por primera vez desde que habían entrado en aquel lugar, el aire volvió a sentirse… normal. No ligero, no cálido, pero al menos obediente a leyes conocidas. Teodora se apoyó un instante contra la pared de roca viva que marcaba el final del pasaje, respirando con cuidado, como si cada inhalación tuviera que comprobar antes que el mundo seguía en su sitio.
Nadie habló de inmediato.
El sendero que se extendía frente a ellos no se parecía al que los había llevado hasta el núcleo. No había símbolos antiguos ni pulsaciones en la piedra. Era un camino estrecho, irregular, abierto entre raíces petrificadas y restos de antiguas construcciones que el tiempo había decidido olvidar. Una salida real. No una concesión.
Manco fue el primero en moverse. Ajustó el peso de su armadura y observó el entorno con la atención del que sabe que lo más peligroso suele venir después del silencio.

—Estamos fuera —dijo al fin, sin triunfo—. Pero no sé si eso significa que terminó.
Atenea asintió lentamente. Su mano ya no estaba cerca del arma, pero su postura seguía alerta. Había aprendido a desconfiar de las victorias que no pedían sangre.
—Nada que implique equilibrio termina de verdad —respondió—. Solo cambia de forma.
Khubilai Kan avanzaba unos pasos por detrás, con la mirada fija en el horizonte gris. No había dicho una sola palabra desde que cruzaron el umbral, pero su silencio no era vacío: era cálculo. Como si estuviera memorizando cada detalle, cada cambio imperceptible del mundo tras lo ocurrido en el núcleo.
—Nada de esto es casual —dijo finalmente, con voz baja—. Si una sola ancla pudo soltarse sin romper el equilibrio… alguien más lo notará. Y no todos vendrán buscando sanar.
Teodora no levantó la vista. Sentía todavía los hilos en los dedos, aunque ya no estaban allí. La memoria del esfuerzo persistía como una vibración interna, un eco que no dolía, pero cansaba. Había separado algo que llevaba siglos unido. Había prometido volver. Y las promesas, lo sabía bien, no se disolvían con la distancia.
Lucasta avanzó unos pasos, desplegando ligeramente las alas ya adultas, olfateando el aire con curiosidad cautelosa. El dragón no percibía amenaza inmediata, pero su cola se balanceaba con lentitud, señal inequívoca de que algo no encajaba del todo.
—No nos sigue nadie —comentó Manco tras observar los flancos—. Ni sombras, ni… lo que fuera eso.
—No necesitaba seguirnos —dijo Teodora en voz baja—. No como antes.
Atenea la miró entonces con atención renovada. No había reproche en su mirada, pero sí una pregunta que no se atrevía a formular del todo.
—¿Qué sientes? —preguntó finalmente.
Teodora dudó. Buscar una respuesta simple habría sido mentirse.
—Siento que hicimos lo correcto —dijo—. Y que aun así, no fue suficiente.
Continuaron avanzando. El camino los condujo fuera de la estructura enterrada hacia una llanura gris, cubierta por una bruma baja que se deshacía lentamente con la luz del amanecer. El cielo, aún pálido, parecía indeciso entre el día y la noche, como si imitara las dudas que cargaban.
A lo lejos, se distinguían restos de antiguos caminos humanos. Marcas de carros, piedras colocadas con intención. Señales de vida que había seguido adelante, incluso mientras algo en las profundidades sostenía anclas invisibles para que no colapsara.

—Liberaste a uno —dijo Manco mientras descendían por una pendiente suave—. Eso importa.
—Importa —admitió Teodora—. Pero también significa que hay muchos más. Y que ahora saben, aunque sea vagamente, que pueden ser libres.
—Las marcas no eran solo cadenas —añadió Khubilai Kan—. Eran un sistema. Has movido una pieza central. Habrá respuestas… y resistencia.
Atenea frunció el ceño.
—¿Eso te preocupa o te alivia?
Teodora esbozó una sonrisa breve, cansada.
—Ambas cosas.
Se detuvieron cerca de un promontorio rocoso desde donde el paisaje se abría hacia el este. El mundo seguía allí, intacto en apariencia. Demasiado intacto para lo que había estado en juego.
—La entidad no mintió —dijo Atenea tras un momento—. Tampoco lo hiciste tú. Pero el equilibrio que aceptó es… frágil. Condicionado.
—Lo sé —respondió Teodora—. No confía en mí. Confía en la posibilidad.
Manco apoyó una mano en el suelo y luego se incorporó con un suspiro.
—Entonces nuestra nueva aventura no empezó al salir de ahí abajo —dijo—. Empezó en el momento en que ese hilo se soltó.
Lucasta emitió un sonido bajo, casi aprobatorio, y levantó la cabeza hacia el horizonte, donde la bruma comenzaba a disiparse. Algo los esperaba allí adelante. No una amenaza clara, pero sí consecuencias. Personas que despertarían distintas. Vacíos que tendrían que aprender a llenarse. Marcas que ya no obedecerían a una sola voluntad.
Teodora dio un paso al frente. El cansancio seguía ahí, pero también algo nuevo: una certeza incómoda, pero firme.
—No sé si el abismo esperará pacientemente para siempre —dijo—. Y no sé qué pasará cuando libere el siguiente hilo.
Atenea se colocó a su lado.
—Entonces iremos contigo cuando llegue ese momento.
Manco asintió sin dudar.
—Y hasta entonces —añadió—, seguiremos caminando. Hay gente ahí fuera que va a necesitar respuestas… o al menos a alguien que no les tenga miedo.
Teodora cerró los ojos un instante, dejando que la luz en su interior se acomodara, menos intensa que antes, pero más clara. Cuando los abrió, el camino ya no parecía tan incierto.
Avanzaron juntos hacia la llanura, dejando atrás un lugar que no había sido conquistado ni destruido, sino apenas comprendido.
Y mientras el sol terminaba de alzarse, muy lejos de allí, algo antiguo ajustó sus anclas restantes.
No para atacar.
Para observar
¡Hasta aquí llegamos con éste capítulo de esta Historia de Aventuras!
Espero que les haya entretenido y esperen con ansias el próximo capítulo la semana que viene.
Muchas gracias por su tiempo y apoyo,
Los estaré viendo cada semana con un capítulo nuevo.
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