
🌸 Muy buenas tardes, ¡bienvenidos a un nuevo capítulo de mi historia, "La Última Sanadora"!
Soy Persephone, y hoy tengo el placer de presentarles el capítulo ochenta y ocho que se enfoca en Teodora, sus aventuras y su evolución para convertirse en la más destacada curandera de los últimos tiempos.
¡Acompáñenme en este emocionante capítulo!
🌸 Resumen del anterior capítulo: “Donde el Agua Aprende a Escuchar”
Tras superar la Garganta del Viento Errante, el grupo avanza por un paisaje de ríos rápidos y colinas silenciosas que parecen exigir respeto. Al llegar a un río violento sin puente, comprenden que no se trata solo de cruzarlo, sino de entenderlo. Mientras Atenea, Manco Cápac y Khubilai Kan avanzan con cuidado entre las piedras, Teodora percibe que el agua reacciona a su presencia, como si la estuviera poniendo a prueba. Cuando casi pierde el equilibrio, Lucasta la ayuda, pero ella decide intentarlo nuevamente, aprendiendo a moverse en armonía con la corriente en lugar de resistirla. Al lograr cruzar, entiende que el río no era un obstáculo, sino un umbral que exigía paciencia y comprensión.
Más tarde, junto al fuego, una figura formada por el propio río se manifiesta ante ellos. La entidad reconoce que pocos viajeros escuchan al agua y deja a Teodora un mensaje enigmático: las marcas que ella busca no siempre se imponen, a veces se heredan. Antes de desaparecer, advierte que cuando el agua se vuelve negra no es porque esté corrompida, sino porque recuerda. Con esta inquietante revelación, el grupo comprende que su camino los conducirá hacia tierras inundadas donde nuevas lecciones aguardan, relacionadas con el misterio de esas marcas y con lo que sucede cuando el agua deja de fluir y decide permanecer.
🌸 Capítulo 89: “Prueba del Río”
El sendero que descendía desde las tierras altas parecía desvanecerse poco a poco, como si el mundo hubiera decidido dejar de trazar caminos en aquella región. Durante gran parte de la mañana avanzaron entre colinas húmedas donde la hierba crecía alta y el suelo, aunque blando, todavía conservaba cierta firmeza. Pero a medida que el día avanzaba, el terreno comenzó a transformarse.
El agua empezó a aparecer en todas partes.
Primero como pequeños charcos que reflejaban el cielo gris. Luego como estanques silenciosos donde la superficie permanecía inmóvil, demasiado inmóvil para ser natural. Más adelante, el suelo mismo comenzó a ceder bajo las botas, liberando un sonido viscoso cada vez que levantaban un pie.
No era exactamente un pantano.
Era algo más inquietante.
Un lugar donde el agua no fluía.
Lucasta caminaba cerca de Teodora, sus grandes patas hundiéndose ligeramente en la tierra húmeda. El dragón mantenía las alas plegadas, pero su cabeza se movía de un lado a otro con atención constante. Sus ojos dorados observaban los estanques oscuros con una mezcla de curiosidad y cautela.
Había algo allí que no le gustaba.
Manco Cápac se detuvo un momento y apoyó su lanza en el suelo. La madera vibró suavemente al contacto con la tierra saturada.
—Escuchen —dijo en voz baja.
El grupo guardó silencio.
Durante unos instantes solo se escuchó el leve chapoteo del agua atrapada entre raíces, el roce del viento en las hojas torcidas de los árboles y el eco lejano de algún tronco que crujía bajo su propio peso.
Pero faltaba algo.
Atenea fue quien lo expresó.
—No hay aves.
Khubilai Kan alzó una ceja.
—Ahora que lo dices… tampoco he visto peces.
Atenea miró las lagunas cercanas.
—Un lugar con tanta agua debería estar lleno de vida.
Pero aquellas aguas no parecían invitar a nadie a habitarlas.
Teodora avanzó unos pasos más hacia uno de los estanques. El agua era oscura, casi negra, pero no por profundidad. Más bien parecía espesa, como si el tiempo se hubiera detenido en su superficie.
El bastón en sus manos vibró apenas perceptiblemente.
Las palabras de la figura del río regresaron a su mente con claridad inquietante.
Cuando el agua se vuelve negra…
no es porque esté corrompida.
Es porque recuerda.
—Aquí pasó algo —murmuró.
Khubilai se cruzó de brazos.
—Algo bastante desagradable, por lo que veo.
Continuaron avanzando.
Los árboles comenzaron a cambiar también. Sus troncos crecían inclinados, deformados por el peso constante del agua en sus raíces. Algunos estaban completamente muertos, pero seguían en pie, como esqueletos grises atrapados en la tierra.
El aire era pesado.
Cada respiración parecía más densa que la anterior.
Fue Lucasta quien se detuvo primero.
El dragón levantó la cabeza de golpe, como si hubiera escuchado algo muy profundo bajo la superficie del mundo.
Sus pupilas se estrecharon.
Un segundo después, el suelo vibró.
No fue un temblor brusco.
Fue una pulsación.
Lenta. Profunda. Lejana.
Como el latido de un corazón gigantesco enterrado bajo el pantano.
Khubilai frunció el ceño.
—Díganme que eso fue solo mi imaginación.
La tierra volvió a pulsar.
Esta vez con más claridad.
Las lagunas comenzaron a moverse. La superficie tranquila se agitó en círculos lentos, formando remolinos silenciosos que no producían espuma ni salpicaduras.
Atenea ya tenía la lanza en la mano.
—Algo está despertando.
El tercer pulso llegó acompañado de un cambio aún más inquietante.
El agua empezó a oscurecerse.
No como cuando una nube cubre el sol.
Era un negro que nacía desde el fondo, expandiéndose lentamente como tinta liberada en el mundo.
Teodora lo sintió antes que nadie.
El bastón vibró con mayor intensidad.
El aire se volvió más frío.
Entonces el pantano explotó.

Una masa gigantesca emergió desde el centro de la laguna más cercana. El agua negra se elevó en una ola espesa que cayó de nuevo sobre el terreno como lluvia oscura.
Y lo que apareció ante ellos no fue una bestia.
Fue algo más antiguo.
Un árbol.
Pero no uno natural.
El tronco era enorme, retorcido, abierto por múltiples grietas profundas que brillaban con un resplandor oscuro. Desde su interior brotaba agua negra que descendía lentamente por la corteza como si el árbol sangrara memoria líquida.
Las raíces comenzaron a moverse.
Decenas de ellas emergieron del pantano con un sonido húmedo, extendiéndose por el terreno como serpientes gigantes.
Khubilai desenvainó la espada.
—Bueno… eso definitivamente no estaba aquí hace cinco minutos.
Una raíz se lanzó hacia él con velocidad sorprendente.
Khubilai rodó hacia un lado y respondió con un corte limpio que arrancó un fragmento de corteza. Pero en lugar de madera sólida, la hoja encontró una masa blanda que se deshizo como barro oscuro.
La raíz siguió moviéndose.
—¡Perfecto! —gruñó—. ¡Es uno de esos enemigos que no respetan las leyes normales del combate!
Otra raíz emergió detrás de Manco Cápac.
Giró su lanza con precisión y golpeó el suelo con fuerza. Una onda de energía se expandió desde el impacto, desviando la raíz antes de que pudiera atraparlo.
—Esto no es una criatura —dijo con voz grave—. Es algo que quedó atrapado aquí.
Lucasta rugió.
El dragón abrió las alas y lanzó una ráfaga de fuego que iluminó todo el pantano con destellos dorados. Las llamas envolvieron varias raíces, evaporando el agua negra que las cubría.

El árbol emitió un sonido profundo.
No era un rugido.
Era un lamento.
Atenea observó con atención el efecto del fuego.
Sus ojos se entrecerraron.
—¡No ataquen el tronco! —ordenó—. ¡Las raíces! ¡Las que están dentro del agua!
Khubilai sonrió.
—Ahora sí hablamos el mismo idioma.
Saltó hacia una de las raíces más grandes, cortándola con tres golpes rápidos. Cuando la raíz cayó, el agua alrededor se aclaró brevemente, revelando un fondo fangoso que no había sido visible antes.
Pero el árbol reaccionó.
Todo el pantano comenzó a agitarse.
Las raíces emergieron por decenas, golpeando el suelo, atrapando rocas, desgarrando la tierra con fuerza creciente.
Una de ellas logró envolver la pierna de Khubilai.
—¡Ah! ¡Eso fue grosero!
Antes de que pudiera liberarse, Lucasta descendió con un golpe de sus alas y mordió la raíz con fuerza. El crujido fue seco y brutal.
Khubilai rodó por el barro y se levantó riendo.
—¡Te debo otra, amigo!
Mientras la batalla continuaba, Teodora permanecía inmóvil.
Observaba.
Escuchaba.
El agua negra vibraba con una frecuencia que ahora podía distinguir claramente.
No era ira.
No era corrupción.
Era dolor.
Un recuerdo atrapado.
Teodora avanzó lentamente hacia la orilla de la laguna.
Atenea giró hacia ella.
—Teodora, espera—
Pero ella ya caminaba.
Las raíces se movieron hacia ella… y se detuvieron.
El árbol emitió otro sonido profundo, como si algo dentro de su tronco hubiera notado su presencia.
Teodora levantó el bastón.
Lo hundió suavemente en el agua negra.
—Recuerdas algo que no puedes soltar —dijo con voz tranquila—. Y mientras lo guardes… este lugar tampoco podrá hacerlo.
El agua comenzó a vibrar.
Muy lentamente.
El pantano entero pareció contener el aliento.
Entonces una grieta se abrió en el tronco.
Un sonido seco.
Profundo.
Desde la oscuridad interior surgió un brillo rojo.
Dos ojos.

Y una voz antigua, rasposa como madera quebrándose después de siglos de silencio, habló desde dentro del árbol.
—Al fin… alguien vino a escuchar.
Las raíces volvieron a agitarse.
Pero ya no respondían al pantano.
Respondían a aquello que estaba despertando en su interior.
¡Hasta aquí llegamos con éste capítulo de esta Historia de Aventuras!
Espero que les haya entretenido y esperen con ansias el próximo capítulo la semana que viene.
Muchas gracias por su tiempo y apoyo,
Los estaré viendo cada semana con un capítulo nuevo.
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