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"El Corazón de Aurion" [Capítulo 108] La Última Sanadora - Infinity Kingdom

Press Officer
Article Publish : 08/09/2026 13:42
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🌸 Muy buenas tardes, ¡bienvenidos a un nuevo capítulo de mi historia, "La Última Sanadora"!

Soy Persephone, y hoy tengo el placer de presentarles el capítulo ciento ocho que se enfoca en Teodora, sus aventuras y su evolución para convertirse en la más destacada curandera de los últimos tiempos. 

¡Acompáñenme en este emocionante capítulo!


🌸 Resumen del anterior capítulo: “El Despertar bajo la Montaña”


El grupo descubre que los extraños latidos que sacuden el bosque provienen de las profundidades de la montaña, donde encuentran una antigua puerta marcada con un símbolo similar a las marcas que han visto en personas controladas. Teodora, al entrar en contacto con ella, presencia un recuerdo del pasado en el que Aurion es sometido por una figura misteriosa mediante cadenas de energía oscura y su corazón es arrancado para mantenerlo bajo control. Poco después, otra visión revela el pasado de Arkanor y muestra que él también fue encadenado durante la destrucción de una antigua ciudad. Ambas visiones confirman que las marcas que han perseguido durante su viaje forman parte de una historia mucho más antigua.

Mientras la montaña comienza a colapsar, los protagonistas descubren que Aurion está despertando. La criatura, lejos de ser el monstruo que esperaban encontrar, resulta ser una víctima de quienes intentaron utilizar su poder siglos atrás. Teodora comprende entonces que las marcas no son simples maldiciones, sino herramientas creadas para controlar voluntades. Sin embargo, antes de que puedan descubrir quién está detrás de ellas, la montaña termina de abrirse y los enormes ojos dorados de Aurion aparecen en las profundidades.

El grupo se prepara para enfrentarse a aquello que acaba de despertar, sin saber todavía si Aurion será su enemigo o la clave para comprender finalmente el origen de las marcas.


🌸 Capítulo 108: “El Corazón de Aurion”


Y entonces la montaña comenzó a despertar con él.

Durante unos segundos nadie se movió.

Los ojos dorados que habían aparecido bajo la montaña no pertenecían a una criatura que simplemente estuviera despertando de un largo sueño. Había algo mucho más profundo en aquella mirada. Una memoria que parecía abarcar siglos, quizá milenios, y una tristeza tan antigua que incluso Lucasta retrocedió instintivamente.

La luz dorada siguió ascendiendo desde las profundidades. Las rocas se separaron, las raíces cristalinas se partieron y enormes columnas de polvo se elevaron alrededor de la plaza. El árbol negro se inclinó hasta casi tocar el suelo, mientras las máscaras que todavía permanecían unidas a sus ramas comenzaron a desprenderse una tras otra.

Pero ninguna de ellas gritó.

Ya no había voces.

El bosque entero había quedado en silencio.

Teodora levantó lentamente la mirada hacia aquellos ojos.

—Aurion...

La criatura no respondió.

Entonces, desde las profundidades, llegó un sonido tan bajo que casi parecía un suspiro.

—¿Quién... me llama?

Lucasta abrió las alas.

—¡Es él!

Arkanor no respondió. El coloso había quedado completamente inmóvil, observando la abertura de la montaña como si contemplara el regreso de alguien a quien había esperado durante toda su existencia.

Teodora dio un paso hacia adelante.

—Soy Teodora.

Los ojos dorados descendieron lentamente hasta encontrarla.

—Sanadora...

La palabra resonó en el aire.

Teodora sintió que el báculo temblaba entre sus manos.

—Sí.

—Tú llevas su luz.

Teodora frunció el ceño.

—¿La luz de quién?

Aurion cerró los ojos.

La montaña volvió a estremecerse.

Y cuando volvió a abrirlos, Teodora comprendió que aquella criatura no estaba mirando únicamente su cuerpo. Estaba mirando algo mucho más profundo.

—De todos aquellos que intentaron salvarme.

El suelo dejó de temblar.

Por primera vez, Aurion comenzó a emerger.

Una garra dorada apareció entre las rocas. Después otra. La cabeza de la criatura surgió lentamente de las profundidades, cubierta por escamas antiguas que parecían haber sido talladas en metal y cristal. Sus cuernos se extendían hacia atrás y varias cicatrices atravesaban su rostro.

Pero lo que más impresionó a Teodora no fue su tamaño.

Fue su corazón.

En el centro de su pecho había una enorme cavidad.

Vacía.

Aurion no tenía corazón.

Teodora comprendió inmediatamente lo que aquello significaba.

—Se lo arrancaron.

Aurion inclinó ligeramente la cabeza.

—Sí.

Arkanor dio un paso adelante.

—¿Quién?

El dragón dorado giró lentamente hacia él.

Durante unos instantes, ninguno dijo nada.

Entonces Aurion pronunció su nombre.

—Los hombres que llevaban la Marca del Dominio.

Arkanor cerró los ojos.

Teodora sintió un nudo en el pecho.

La Marca del Dominio.

Finalmente tenían un nombre.

Pero también comprendieron algo más.

La figura que habían perseguido durante tanto tiempo no era una criatura sobrenatural escondida en algún lugar del mundo. La marca no era una simple maldición. Había sido creada para someter voluntades, robar recuerdos y convertir seres vivos en herramientas.

Y aquel poder había nacido de la desesperación de quienes habían querido controlar a Aurion.

Teodora apretó su báculo.

—¿Dónde está quien la creó?

Aurion permaneció en silencio.

—Aurion —insistió Teodora—. Hemos encontrado personas marcadas. Las hemos visto perder su voluntad. Hemos visto cómo alguien utilizaba sus cuerpos para hacer cosas que jamás habrían elegido. Necesitamos detenerlo.

Los ojos dorados del dragón se fijaron en ella.

—Ya lo hiciste.

Teodora se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—La persona que creó la Marca del Dominio murió hace mucho tiempo.

Nadie reaccionó inmediatamente.

Manco Cápac fue el primero en hablar.

—Entonces, ¿quién está controlando a los marcados?

Aurion inclinó la cabeza.

—Nadie.

—Eso no puede ser —respondió Atenea—. Nosotros mismos vimos cómo actuaban.

—La marca continuó existiendo después de la muerte de su creador.

Teodora comprendió lentamente.

—No necesitaba que nadie la controlara.

Aurion cerró los ojos.

—La Marca del Dominio no controla únicamente la carne. Se alimenta del miedo, de la desesperación y del deseo de obedecer. Cuando fue creada, su propósito era someter a los dragones. Después fue utilizada sobre humanos. Finalmente, aquellos que la portaban comenzaron a transmitirla sin comprenderlo.

Teodora recordó todos los cuerpos que había sanado.

Todas las personas que había encontrado.

Todos aquellos que parecían estar siendo manipulados desde una distancia imposible.

No había existido una mano invisible moviendo cada hilo.

Había existido una herencia de dolor.

Una cadena que se había transmitido de persona en persona durante siglos.

—Entonces todo este tiempo... —susurró Teodora—. Estuvimos luchando contra algo que ya ni siquiera sabía por qué existía.

—Así ocurre con muchas heridas —respondió Aurion—. Sobreviven incluso cuando nadie recuerda quién las provocó.

La frase atravesó a Teodora de una manera distinta.

Durante su viaje había aprendido que sanar no significaba simplemente cerrar una herida. Había aprendido que algunas heridas podían permanecer abiertas incluso cuando la sangre dejaba de correr. Que el dolor podía convertirse en miedo, el miedo en odio y el odio en violencia.

Quizá por eso había podido comprender las marcas.

No porque fuera más poderosa que ellas.

Sino porque sabía lo que significaba intentar sanar algo que parecía no tener cura.

Teodora se acercó a Aurion.

Atenea levantó ligeramente el escudo.

—Teodora...

—Está bien.

La sanadora continuó caminando.

Aurion no se movió.

Cuando Teodora llegó frente a él, levantó su báculo.

—Quiero ver tu herida.

Aurion la observó.

—No puedes devolverme lo que me quitaron.

—No quiero devolvértelo.

El dragón pareció sorprendido.

—Entonces, ¿qué quieres hacer?

Teodora apoyó lentamente el báculo sobre la cavidad de su pecho.

—Quiero asegurarme de que ya no te duela.

La luz surgió.

No fue una explosión.

No hubo un destello capaz de iluminar el bosque entero.

Fue algo mucho más pequeño.

Una luz cálida comenzó a extenderse desde el báculo de Teodora hasta las cicatrices de Aurion. La energía recorrió su cuerpo y encontró cada una de las antiguas heridas que habían permanecido allí durante siglos.

Aurion rugió.

Teodora cayó de rodillas.

La energía era demasiado grande.

Atenea dio un paso hacia ella, pero Manco Cápac la detuvo.

—Espera.

Teodora apretó los dientes.

Había visto aquella herida.

Había sentido su dolor.

Y ahora entendía que no podía simplemente expulsarlo.

No podía destruirlo.

Tenía que acompañarlo.

Así que continuó.

Uno a uno, los recuerdos comenzaron a aparecer.

Aurion luchando junto a los dragones.

Las ciudades antiguas.

Los hombres que habían buscado su poder.

Las cadenas.

El corazón arrancado.

Arkanor encadenado.

Los primeros portadores de la marca.

Las generaciones posteriores.

Los humanos que habían heredado aquel poder sin conocer su origen.

Y finalmente, el momento en que la Marca del Dominio había comenzado a desaparecer.

Teodora comprendió entonces qué había ocurrido realmente.

Las personas marcadas que habían encontrado no habían sido elegidas por un enemigo oculto.

Habían sido los últimos ecos de una antigua guerra.

Y cada vez que Teodora había eliminado una marca, no había destruido una conexión.

Había roto un eslabón.

El último de ellos estaba frente a ella.

En el pecho de Aurion.

Teodora abrió los ojos.

—La marca sigue aquí.

Aurion bajó la mirada.

—Sí.

—Entonces déjame terminarlo.

La luz de Teodora se intensificó.

La Marca del Dominio apareció sobre el pecho del dragón.

Por primera vez pudieron verla completamente.

Era enorme.

Una red de líneas oscuras que se extendía desde la cavidad del corazón hasta el cuello de Aurion. Durante siglos había permanecido allí, alimentándose de su dolor y manteniendo vivo un vínculo que ya no tenía amo.

Teodora respiró profundamente.

—No tienes que obedecer a nadie.

La marca tembló.

—No eres una herramienta.

Las grietas comenzaron a aparecer.

—No eres un arma.

Aurion cerró los ojos.

—Y no tienes que cargar con el pasado de quienes te hicieron daño.

La marca se quebró.

Un estruendo recorrió toda la montaña.

Teodora sintió que su cuerpo entero estaba a punto de romperse. Atenea y Manco Cápac corrieron hacia ella, pero antes de que pudieran alcanzarla, Teodora gritó una última palabra.

—¡Eres libre!

La Marca del Dominio desapareció.

Aurion abrió los ojos.

Y por primera vez desde que había despertado, no hubo dolor en ellos.

Solo libertad.

El corazón de la montaña dejó de latir.

Las raíces cristalinas comenzaron a apagarse.

El árbol negro perdió sus últimas hojas.

Y las máscaras, una después de otra, se convirtieron en polvo.

No hubo explosión.

No hubo destrucción.

Simplemente terminó.

Arkanor observó el bosque durante un largo momento.

Después se arrodilló.

El enorme coloso apoyó una mano sobre el suelo.

—Ha terminado.

Teodora se dejó caer sentada.

—¿La Marca?

Arkanor levantó la mirada.

—La guerra.

Aquellas palabras tuvieron un peso que ninguno esperaba.

Porque era verdad.

La amenaza que los había perseguido durante tanto tiempo había desaparecido.

No había ningún enemigo esperando en una fortaleza secreta.

No había un amo oculto preparando un ejército.

No había otra criatura que debieran derrotar.

Habían llegado hasta el principio de aquella historia.

Y habían decidido que terminara con ellos.

Aurion descendió finalmente hasta la plaza.

Aunque su tamaño era monstruoso, su presencia ya no provocaba miedo.

Lucasta se acercó lentamente.

Aurion inclinó la cabeza.

Durante un instante, el joven dragón parecía incapaz de hablar.

—Eres... enorme.

Manco Cápac soltó una carcajada.

—Excelente observación.

Lucasta lo ignoró.

Aurion, contra todo pronóstico, pareció sonreír.

—Y tú eres pequeño.

—No soy pequeño.

—Para mí, sí.

—Te caerías si intentaras volar conmigo.

Aurion abrió las alas.

Una corriente de aire levantó el cabello de todos.

—No lo creo.

Lucasta extendió las suyas.

—Entonces inténtalo.

Atenea negó con la cabeza.

—No.

Los dos dragones la miraron.

—No vamos a empezar otra discusión —añadió.

Lucasta cerró las alas.

—Él empezó.

—Tú empezaste.

—¡Acabas de decir que no ibas a discutir!

Por primera vez en mucho tiempo, Teodora rió.

Una risa pequeña.

Cansada.

Pero sincera.

Y aquella risa pareció ser la señal que necesitaban para comprender que realmente habían sobrevivido.

Pasaron los siguientes días reconstruyendo lo que podían.

No hubo grandes celebraciones.

La montaña estaba demasiado dañada y el bosque necesitaba tiempo para recuperarse. Muchas de las estructuras antiguas habían desaparecido y las raíces cristalinas tardarían años en volver a crecer.

Pero algo había cambiado.

Donde antes existían árboles negros, comenzaron a aparecer pequeños brotes verdes.

Las grietas de la tierra se llenaron de agua.

Las antiguas máscaras desaparecieron.

Y las personas que habían vivido bajo la influencia de las marcas comenzaron a despertar.

Algunos no recordaban nada.

Otros recordaban demasiado.

Teodora pasó varios días junto a ellos.

Los curó.

Los escuchó.

Y cuando no podía hacer ninguna de las dos cosas, simplemente permanecía a su lado.

Había comprendido finalmente que ese era el verdadero significado de ser una sanadora.

No siempre podía salvar un cuerpo.

No siempre podía borrar un recuerdo.

No siempre podía impedir que alguien sufriera.

Pero podía asegurarse de que nadie tuviera que atravesar ese sufrimiento completamente solo.

Una mañana, Teodora encontró a Arkanor observando las montañas.

—¿Qué harás ahora? —preguntó.

El coloso tardó en responder.

—No lo sé.

Teodora sonrió.

—Eso es nuevo.

Arkanor la miró.

—¿Qué quieres decir?

—Durante mucho tiempo parecías saberlo todo.

—Durante mucho tiempo estuve equivocado.

Teodora se sentó junto a él.

—¿Y Aurion?

Arkanor miró hacia el cielo.

A lo lejos, una silueta dorada cruzaba las nubes.

—Volará.

—¿Solo?

—Por ahora.

Teodora siguió observando.

—¿Y tú?

Arkanor permaneció en silencio.

Después miró al grupo.

Atenea entrenaba junto a Manco Cápac.

Khubilai Kan revisaba su espada.

Lucasta discutía con Aurion desde el aire.

Y los demás preparaban sus pertenencias.

Arkanor entendió.

—Quizá ya no tenga nada que proteger aquí.

Teodora lo observó.

—Eso no significa que tengas que marcharte.

—¿Me estás invitando?

—No.

Arkanor levantó una ceja.

Teodora sonrió.

—Te estoy dando la oportunidad de decidir.

El coloso permaneció pensativo.

Finalmente, se levantó.

—Entonces caminaré con ustedes.

Teodora sonrió.

—Bienvenido.

La despedida llegó tres días después.

Aurion había decidido permanecer en las montañas.

No porque estuviera prisionero.

Precisamente porque ahora podía elegir.

Había dragones que aún dormían en lugares desconocidos. Había antiguos territorios que necesitaban ser recuperados y criaturas que habían vivido durante siglos bajo el peso de la misma herencia que él.

Pero Aurion no quería gobernar sobre ellos.

Quería ayudarlos.

Antes de que el grupo partiera, descendió una última vez hasta la plaza.

—Teodora.

La sanadora levantó la cabeza.

Aurion acercó el rostro.

—No olvidaré lo que hiciste.

Teodora acarició su hocico.

—No hice nada que no hubieras podido hacer tú mismo.

—Me ayudaste a recordar quién era.

Teodora guardó silencio.

Aurion levantó la cabeza.

—Eso también es sanar.

La sanadora sintió que aquellas palabras quedaban grabadas dentro de ella.

Después Aurion miró a Lucasta.

—Pequeño dragón.

—¡Ya te dije que no soy pequeño!

—Vuela alto.

Lucasta levantó el mentón.

—Más alto que tú.

Aurion soltó un rugido que hizo temblar las montañas.

Lucasta respondió con otro.

Durante unos segundos, los dos dragones compitieron por ver quién podía hacerse escuchar más lejos.

Manco Cápac se cubrió los oídos.

—Voy a extrañar este lugar.

Atenea lo miró.

—No hemos ni salido y ya quieres volver.

—No dije eso.

Khubilai Kan sonrió.

—Lo pensaste.

Finalmente llegó el momento.

Teodora miró una última vez hacia el bosque.

Habían llegado buscando respuestas.

Encontraron una historia mucho más antigua de lo que imaginaban.

Habían buscado al responsable de las marcas.

Encontraron un enemigo que había muerto siglos atrás.

Habían creído que debían destruir algo.

Y terminaron liberándolo.

El arco de Aurion no terminaría con una batalla.

Terminaría con una despedida.

Y quizá eso era lo correcto.

Teodora se giró.

—Nos vamos.

El grupo comenzó a caminar.

Aurion alzó vuelo.

Desde las alturas, un rugido acompañó su partida.

Lucasta respondió.

Arkanor caminó junto a ellos.

Y por primera vez desde que habían comenzado aquel viaje, ninguno sintió que algo los perseguía.

No había marcas.

No había sombras.

No había voces susurrando desde los árboles.

Solo un camino.

Un camino que se extendía hacia el horizonte.

Caminaron durante varios días.

El paisaje cambió lentamente.

Las montañas quedaron atrás.

Los bosques cristalinos desaparecieron.

El aire se volvió más cálido y los caminos comenzaron a cruzarse con antiguas rutas comerciales.

Fue al quinto día cuando encontraron la primera señal.

Un monumento.

Estaba situado en medio de una llanura.

Era una estructura gigantesca de piedra blanca, completamente cubierta por inscripciones.

Atenea fue la primera en detenerse.

—¿Qué es eso?

Arkanor permaneció inmóvil.

Teodora se acercó.

En el centro del monumento había un símbolo.

No era la Marca del Dominio.

Era algo diferente.

Un círculo atravesado por siete líneas.

Teodora sintió que su báculo reaccionaba.

Manco Cápac se llevó una mano a la espada.

—¿Otra marca?

—No —respondió Teodora.

No sabía cómo lo sabía.

Pero estaba segura.

—Es un sello.

Khubilai Kan observó los alrededores.

—¿Un sello de qué?

Teodora no respondió.

Porque había encontrado una inscripción debajo.

Una frase.

Antigua.

Pero perfectamente legible.

«Cuando los siete caminos se reúnan, el último viaje comenzará.»

Nadie habló.

Teodora continuó leyendo.

Había más.

Una segunda línea.

«No busquen al enemigo en las sombras. El enemigo caminará junto a ustedes.»

Atenea levantó el escudo.

Manco Cápac desenvainó la espada.

Khubilai Kan miró al resto.

Lucasta descendió del cielo.

Arkanor permaneció completamente inmóvil.

Teodora, sin embargo, no sintió miedo.

Había algo diferente en aquellas palabras.

No eran una amenaza.

Eran una advertencia.

Y debajo de ellas había una última inscripción.

Una que hizo que Teodora sintiera un escalofrío.

«El mundo no está llegando a su final. Está llegando al momento en que deberá elegir qué clase de mundo quiere ser.»

Teodora pasó los dedos sobre la piedra.

Entonces el sello se iluminó.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cinco.

Seis.

Siete luces aparecieron alrededor del círculo.

Una por cada camino.

Una por cada destino.

Una por cada miembro del grupo.

Teodora levantó lentamente la cabeza.

—Creo que ya sé hacia dónde debemos ir.

Atenea se acercó.

—¿Adónde?

Teodora miró el horizonte.

Por primera vez, su expresión no mostró preocupación.

Mostró determinación.

—Al principio de todo.

El viento sopló sobre la llanura.

A lo lejos, más allá de las montañas y de los territorios que todavía no conocían, siete columnas de luz comenzaron a elevarse hacia el cielo.

El grupo las observó.

Habían viajado para salvar personas.

Habían atravesado guerras.

Habían enfrentado monstruos.

Habían descubierto secretos que habían permanecido ocultos durante siglos.

Habían perdido compañeros.

Habían encontrado otros.

Y, sin darse cuenta, habían llegado mucho más lejos de lo que cualquiera habría imaginado.

Pero ahora comprendían algo.

El viaje que los había unido no había terminado.

Solo había llegado a su última etapa.

Teodora sostuvo su báculo.

Atenea ajustó su escudo.

Manco Cápac tomó su espada.

Khubilai Kan miró hacia las luces.

Lucasta abrió las alas.

Arkanor levantó la mirada hacia el cielo.

Y juntos comenzaron a caminar.

Esta vez no hacia una amenaza.

No hacia una guerra.

No hacia un misterio.

Sino hacia el último destino que el mundo había reservado para ellos.

Detrás quedaron las montañas de Aurion.

El bosque de las máscaras.

Las marcas.

Las cadenas.

Y una historia que por fin podía descansar.

Delante los esperaba un continente desconocido.

Siete caminos.

Siete destinos.

Y una última aventura.

Porque cuando el grupo desapareció en el horizonte, la inscripción del monumento volvió a iluminarse.

Y apareció una frase que ninguno de ellos llegó a leer.

«Cuando los siete lleguen al final del camino, uno de ellos deberá decidir qué será del mundo.»





¡Hasta aquí llegamos con éste capítulo de esta Historia de Aventuras!

Espero que les haya entretenido y esperen con ansias el próximo capítulo la semana que viene.


Muchas gracias por su tiempo y apoyo,

Los estaré viendo cada semana con un capítulo nuevo.

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- Infinity Kingdom / 無盡城戰

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