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"Los Susurros del Bosque Quebrado" [Capítulo 60] La Última Sanadora - Infinity Kingdom

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Article Publish : 08/17/2025 04:04
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🌸 Muy buenas tardes, ¡bienvenidos a un nuevo capítulo de mi historia, "La Última Sanadora"!

Soy Persephone, y hoy tengo el placer de presentarles el capítulo sesenta que se enfoca en Teodora, sus aventuras y su evolución para convertirse en la más destacada curandera de los últimos tiempos. 

¡Acompáñenme en este emocionante capítulo!


🌸 Resumen del anterior capítulo: El Culto Sin Rostro

El amanecer en la aldea no trajo alivio, pues la niebla permanecía inmóvil y los aldeanos se movían como marionetas atrapadas en un ciclo extraño. Teodora, agotada por la visión de la niña marcada con una corona de espinas invertidas, compartió con el grupo sus sospechas de que no se trataba de un simple hechizo, sino de algo vivo que se alimentaba de sus víctimas. La atención del grupo se dirigió a un pozo cubierto de hiedra en el centro del poblado, donde encontraron símbolos antiguos y una campanilla ritual que revelaba la existencia de un foco de control. Comprendieron que aquello era solo una pieza de una red mayor.

Siguiendo las pistas, llegaron a una cueva artificial marcada por magia oscura. Allí descubrieron una cámara con un cuenco de líquido negro rodeado de campanillas que transmitían la energía de las marcas. Khubilai advirtió que no era un altar, sino un transmisor, y que destruirlo podría liberar a los aldeanos o alertar a sus enemigos. Las sombras se manifestaron en la cámara, coronadas por espinas invertidas, y el grupo tuvo que decidir entre luchar o huir.

Teodora, arriesgándose, dejó su energía en el cuenco para poder rastrearlo en el futuro. Esa acción les abrió una vía de escape hacia la superficie, aunque la niebla en la aldea permanecía inalterada. Ahora sabían que no enfrentaban a un solo individuo, sino a un culto entero, y que debían destruir todos los focos para liberar a los aldeanos. Lucasta, aún inquieto, avistó en el horizonte una figura oscura que parecía esperarles, presagiando que el verdadero desafío apenas comenzaba.


🌸 Capítulo 60: “Los Susurros del Bosque Quebrado”

El aire estaba impregnado de un silencio antinatural cuando el grupo emprendió la marcha siguiendo el punto oscuro que Lucasta había detectado. El dragón, aún joven pero cada vez más consciente de los hilos invisibles de energía, se mantenía en el aire describiendo círculos, como si temiera que perder la vista de aquel rastro lo condenara a desaparecer. La niebla que cubría la aldea quedaba atrás, pero en lugar de disiparse, parecía expandirse hacia el horizonte, como una marea blanca que no respetaba la luz del sol.

Ese culto tiene más raíces de las que pensamos —comentó Khubilai Kan, rompiendo el mutismo—. No solo poseen la aldea, sino también el terreno que la rodea. Esto ya no es un simple sitio aislado.

Una red —asintió Atenea—. Una telaraña hecha de símbolos, campanillas y sangre.

Teodora caminaba en silencio, sintiendo el pulso dorado que había dejado en el cuenco bajo la tierra. Era débil, apenas un hilo de luz en su interior, pero suficiente para que supiera que el vínculo con aquel transmisor no se había roto. Sin embargo, la advertencia de Lucasta le retumbaba aún en el pecho: aquel líquido oscuro no era pasivo, algo lo habitaba, y no sería paciente por mucho tiempo.

Pronto dejaron atrás la ladera cubierta de musgo y se internaron en un bosque extraño. Los troncos eran altos y torcidos, las ramas se entrelazaban formando techos que bloqueaban gran parte de la luz. A cada paso, el suelo crujía con hojas secas que parecían no haber caído hacía meses, sino siglos. Manco Cápac fue el primero en percatarse de un detalle inquietante: las aves habían callado, y ni siquiera el zumbido de insectos perturbaba el aire.

Un bosque sin canto es un bosque enfermo —murmuró, ajustando la empuñadura de su espada.

Lucasta descendió, desplegando sus alas sobre ellos. Sus ojos centelleaban con un brillo violáceo, extraño y forzado. Teodora corrió hacia él y colocó las manos sobre sus escamas.

No luches contra ello —susurró—. Déjame ver lo que ves.

Un destello atravesó su mente: imágenes superpuestas del bosque y, entre ellas, sombras caminando entre los árboles. No eran sólidas, sino huecas, como cáscaras de figuras humanas, con coronas de espinas invertidas flotando sobre sus cabezas. Avanzaban sin rumbo, pero todas giraban en torno a un mismo punto, más adelante, donde la madera se quebraba en un claro.

Hay un nuevo foco —dijo Teodora, apartando las manos—. Y está muy cerca.

Atenea se adelantó, con el escudo brillando tenuemente para iluminarles el paso. Cada pocos metros, símbolos espirales aparecían grabados en la corteza de los árboles. Algunos estaban frescos, con pigmento negro aún húmedo, lo que indicaba que no habían sido abandonados.

No solo mantienen la red —dijo Khubilai con voz grave—. La expanden.

El claro apareció al cabo de un tramo angosto. Allí, en el centro, se levantaba un tronco hueco de dimensiones colosales, partido en su base como si un rayo lo hubiera desgarrado. Dentro de esa grieta se distinguía un resplandor rojizo. Rodeando el árbol, doce campanillas idénticas a la anterior colgaban de estacas, formando un círculo perfecto.

Manco escupió al suelo. —Es un santuario.

Las voces comenzaron a escucharse incluso antes de que dieran un paso dentro del claro. Eran susurros quebrados, rezos repetitivos que se mezclaban como un eco sin dueño. El aire olía a hierro y ceniza.

Teodora sintió que la vibración de su propio vínculo con el cuenco subterráneo se intensificaba en respuesta. Algo conectaba ese santuario con el transmisor que habían marcado. Como cuerdas tensadas de un mismo instrumento.

Si destruimos estas campanas, romperemos el círculo —dijo Atenea, estudiando la disposición del ritual.

Pero también nos oirán todos —advirtió Khubilai.

Lucasta emitió un gruñido bajo, mirando al cielo. Entre las ramas se formaba una silueta oscura, difusa, como una nube que imitaba la figura de un hombre alto con cuernos de espinas.

No tenemos opción —respondió Teodora—. Si dejamos este lugar intacto, su red crecerá y atrapará más aldeas.

Manco no esperó más. Con un movimiento brusco de su espada, golpeó la primera campana. El sonido metálico retumbó con fuerza, tan fuerte que el suelo pareció temblar. Todas las demás comenzaron a vibrar al unísono, emitiendo un eco disonante.

Las sombras surgieron de inmediato. Esta vez no eran solo figuras planas; se alzaban con cuerpos más densos, deformados, como si quisieran adoptar formas humanas sin lograrlo del todo. Sus rostros eran vacíos, y de sus espaldas brotaban filamentos oscuros que se clavaban en la tierra.

¡Aguanten! —gritó Atenea, levantando su escudo para contener el primer embate.

Khubilai invocó un vendaval con un gesto, levantando hojas y polvo que envolvieron a las sombras, retrasando su avance. Lucasta exhaló un rugido que prendió un círculo de fuego alrededor del grupo, limitando la entrada de los enemigos.

Teodora, en medio del combate, se concentró en el tronco partido. El resplandor rojo del interior latía como un corazón. Supo de inmediato que era el verdadero núcleo. Se abrió paso entre las sombras con un destello de luz en sus manos, mientras Manco y Atenea le cubrían la espalda.

Al llegar al tronco, vio lo que se escondía dentro: un cristal oscuro, incrustado en la madera como una espina gigante. En su superficie, rostros atrapados gritaban en silencio, deformados por la desesperación.

Un foco mayor —jadeó Teodora.

Colocó las manos sobre el cristal y dejó fluir la energía dorada que aún brillaba en ella. El choque fue brutal: el cristal respondió con un estallido de calor y un rugido inhumano que sacudió todo el bosque. Las campanillas se quebraron al instante, cayendo como fragmentos de obsidiana.

Las sombras aullaron antes de disiparse, desgarradas por la ruptura del vínculo. El claro se iluminó con un resplandor dorado que reemplazó el rojo corrupto. El aire se volvió respirable y, por primera vez desde que habían entrado al bosque, se escuchó un trino solitario de ave.

El grupo cayó de rodillas, exhausto. Lucasta descendió junto a Teodora, tocándola con el hocico para asegurarse de que aún estaba consciente.

Khubilai fue el primero en hablar: —Si este es solo un foco intermedio… no quiero imaginar lo que guardan en el corazón de su culto.

Atenea asintió con el ceño fruncido. —No son simples hechiceros. Lo que enfrentamos es un orden de sombras que lleva años, quizás siglos, preparando esto.

Teodora, aunque débil, mantuvo la mirada fija en el horizonte cubierto por la niebla. Había roto una cadena, pero quedaban muchas más. Y con cada victoria, sus enemigos sabrían mejor quién era ella… y qué buscaba.

Lucasta lanzó un rugido hacia el cielo. En la distancia, el mismo punto oscuro que los había guiado se movía otra vez, más rápido, como si desafiara al grupo a seguirlo hasta la raíz del mal.

No huiremos —dijo Teodora, poniéndose en pie con la ayuda de Manco—. Esta vez, iremos hasta el final.






¡Hasta aquí llegamos con éste capítulo de esta Historia de Aventuras!

Espero que les haya entretenido y esperen con ansias el próximo capítulo la semana que viene.


Muchas gracias por su tiempo y apoyo,

Los estaré viendo cada semana con un capítulo nuevo.

🌸Persephone



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- Infinity Kingdom / 無盡城戰

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