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"El Valle de los Ecos Silenciados" [Capítulo 57] La Última Sanadora - Infinity Kingdom

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Article Publish : 07/27/2025 10:03
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Edited by ❀persephone at 07/27/2025 10:06

🌸 Muy buenas tardes, ¡bienvenidos a un nuevo capítulo de mi historia, "La Última Sanadora"!

Soy Persephone, y hoy tengo el placer de presentarles el capítulo cincuenta y siete que se enfoca en Teodora, sus aventuras y su evolución para convertirse en la más destacada curandera de los últimos tiempos. 

¡Acompáñenme en este emocionante capítulo!


🌸 Resumen del anterior capítulo: Hilos de Cambio

Tras cerrar el portal, el grupo regresa al bosque transformado, donde la naturaleza refleja el cambio vivido en el Telar. Aunque Zari e Iskra permanecen en los límites del Telar, Manco Cápac, Khubilai, Atenea y Teodora emergen más unidos y fortalecidos. Teodora ya no ve su marca como una carga, sino como una elección. Reconocen que su tarea no ha terminado: aún quedan pueblos sumidos en la oscuridad que necesitan ayuda.

Desde una colina, descubren señales de vida a lo lejos y deciden continuar su camino. El mundo parece celebrar su avance. Ya no necesitan un símbolo para guiarlos; se dejan llevar por su determinación. Sin embargo, una figura misteriosa los observa desde la distancia, sosteniendo una hebra oscura, augurio de que una nueva amenaza comienza a tejerse.

La etapa del Telar ha terminado, pero una nueva aventura ya se avecina desde las sombras.


🌸 Capítulo 57: “El Valle de los Ecos Silenciados”

Habían pasado meses desde que el Telar dejó de brillar. El grupo había recorrido bosques, cruzado ríos de aguas cristalinas y dormido bajo cielos salpicados de estrellas, guiados por la convicción de que el mundo aún necesitaba sanación. En su andar, evitaban las rutas comerciales y los caminos ruidosos: buscaban las aldeas olvidadas, los susurros que el viento llevaba entre montañas, las historias que nadie más escuchaba.

Lucasta ya no era la criatura diminuta que se refugiaba bajo el ala de Teodora. Su cuerpo había crecido, alargado, y aunque conservaba la suavidad plateada de sus escamas jóvenes, ahora al volar dejaba estelas de luz que revoloteaban como motas vivas. Dormía cerca de la sanadora, pero cuando despertaba, su mirada era profunda y consciente, como si en el tiempo transcurrido hubiera comprendido más de lo que las palabras podían decir.

Una tarde, al descender hacia un valle rodeado por colinas de hierba alta, escucharon algo inusual: nada.

Ni pájaros.

Ni insectos.

Ni el susurro del viento.

El silencio era tan absoluto que dolía en los oídos.

Esto no es natural —murmuró Manco, con la mano en la empuñadura de su lanza.

No es que no haya sonido —dijo Khubilai, frunciendo el ceño—. Es como si todo hubiera sido… tragado.

El grupo descendió por una senda de piedra, guiados por las marcas grabadas en árboles y rocas, señales de un pueblo que alguna vez prosperó allí. A medida que se adentraban, las señales de vida se tornaban inquietantes: utensilios abandonados, huellas detenidas de golpe, casas cubiertas por una delgada capa de polvo y ceniza. Todo parecía haber sido interrumpido de forma abrupta.

Al llegar al centro del poblado, vieron lo que parecía una plaza ceremonial con una enorme piedra de obsidiana en el centro, agrietada como si hubiera estallado desde dentro. Sobre la superficie, una inscripción tallada en varios idiomas antiguos repetía una misma palabra: “Eco”.

Teodora se acercó con cuidado, sus dedos rozando las grietas.

Aquí ocurrió algo… que no fue físico. Algo robó las voces.

Lucasta aleteó y se posó en lo alto de un tejado derrumbado. Sus ojos, brillando con un resplandor etéreo, miraban al bosque cercano.

¿Lo sientes, Lucasta? —preguntó Atenea, que ya tenía su escudo en mano.

El dragón emitió un sonido grave, una especie de canto bajo que resonó por todo el valle. Fue la primera vez en horas que se oyó algo… y en respuesta, desde las montañas, emergió un susurro fragmentado.

No eran palabras. Eran ecos.

Gritos repetidos.

Oraciones rotas.

Risas infantiles que se disolvían en llanto.

Todo distorsionado, como si la memoria del valle hubiera sido capturada y luego deshilachada.

Esto no es un monstruo común —dijo Atenea—. Esto es magia que ha enfermado.

Khubilai arqueó una ceja.

¿Entonces curamos el valle?

Curamos lo que aún pueda ser salvado —respondió Teodora, que ya había comenzado a esparcir hojas doradas en el suelo, formando un círculo de conexión.

Manco Cápac cerró los ojos, escuchando no con sus oídos, sino con su alma. Había algo enterrado más allá del eco. Algo que aún lloraba por ayuda.

El alma del valle fue dividida —dijo con solemnidad—. Alguien vino y la desgarró para callarla.

¿Y por qué? —preguntó Khubilai, ya desenfundando su espada.

Atenea se giró, mirando hacia el norte, donde una grieta en la montaña parecía susurrar con una voz profunda y antigua.

Porque el eco guarda la verdad de lo que aquí pasó. Y quien lo hizo, no quería que se recordara.

Lucasta descendió de golpe, su cuerpo ahora irradiando calor. Rugió, y ese rugido trajo consigo el primer soplo real de viento en horas. Árboles se sacudieron. Las puertas de las casas abandonadas se abrieron como si algo invisible hubiera sido liberado.

Y entonces apareció.

Desde la grieta de la montaña emergió una figura. No caminaba. Flotaba. Su cuerpo estaba hecho de sombra líquida, y su rostro era una máscara pálida, sin boca ni ojos, solo una cavidad que emitía ecos.

Ustedes no pertenecen aquí —dijo la voz desde todos lados, sin que se moviera la figura—. Este es el valle del Olvido. La voz fue un castigo… y el silencio, la salvación.

Teodora dio un paso al frente, levantando la palma con la marca que alguna vez fue del Telar, aunque ya no brillara.

No venimos a recordar para vengar. Venimos a recordar para sanar.

Ninguna herida se cura abriéndola —susurró la criatura.

Pero sí se cura al dejar que sangre limpia la recorra —respondió ella.

Entonces, el eco rugió.

Y comenzó la batalla.

Lucasta alzó vuelo, lanzando ráfagas de luz plateada contra la sombra. Khubilai cargó directo, espada en alto. Teodora canalizó un campo de raíces vivas, obligando a la figura a detenerse. Atenea lanzó su escudo, el cual giró por el aire como un cometa, impactando contra la máscara del ser.

El enfrentamiento no fue físico solamente. Cada ataque provocaba un estallido de recuerdos. Las voces atrapadas en el valle salían disparadas en todas direcciones, y con cada uno, Teodora debía tejer un hilo nuevo con su poder: una palabra restaurada, una risa devuelta, un nombre redimido.

Hasta que, al fin, la máscara se agrietó. Y detrás de ella no había un rostro… sino una niña.

Una niña hecha de polvo y eco.

No queríamos que nos olvidaran —dijo con un hilo de voz—. Pero dolía tanto…

Teodora se arrodilló frente a ella, y le ofreció una flor nacida de sus propias manos.

Nadie merece ser silenciado para siempre. Vamos a ayudarte a que tu voz vuelva a vivir.

La figura se deshizo en luz.

Y con ella, el eco cesó.

La brisa volvió. Los pájaros cantaron. Una niña real, perdida entre las casas, emergió llorando y corrió hacia ellos. Había sobrevivido. Y con ella, quizás, otros.

Esa noche, el grupo encendió una fogata en el centro del pueblo. Lucasta dormía enrollado junto a Teodora. Manco y Khubilai reparaban estructuras caídas, mientras Atenea enseñaba a un par de niños cómo usar un escudo hecho de madera.

¿Cómo se llamará esta historia? —preguntó Khubilai.

Teodora sonrió al mirar las estrellas.

El Valle de los Ecos Silenciados.

Y así comenzó su nueva cruzada: sanar las heridas que el olvido quiso enterrar.





¡Hasta aquí llegamos con éste capítulo de esta Historia de Aventuras!

Espero que les haya entretenido y esperen con ansias el próximo capítulo la semana que viene.


Muchas gracias por su tiempo y apoyo,

Los estaré viendo cada semana con un capítulo nuevo.

🌸Persephone



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- Infinity Kingdom / 無盡城戰

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