🌸 Muy buenas tardes, ¡bienvenidos a un nuevo capítulo de mi historia, "La Última Sanadora"!
Soy Persephone, y hoy tengo el placer de presentarles el capítulo sesenta y uno que se enfoca en Teodora, sus aventuras y su evolución para convertirse en la más destacada curandera de los últimos tiempos.
¡Acompáñenme en este emocionante capítulo!
🌸 Resumen del anterior capítulo: “Los Susurros del Bosque Quebrado”
El grupo avanza dejando atrás la aldea envuelta en niebla, siguiendo el rastro oscuro detectado por Lucasta. Al internarse en un bosque sin canto de aves ni insectos, descubren símbolos espirales en los troncos y una red ritual que se expande. En el claro central hallan un tronco hueco colosal rodeado de campanas y un resplandor rojizo en su interior: un santuario.
Cuando destruyen las campanas, sombras deformadas los atacan. Teodora percibe que el verdadero núcleo está dentro del tronco: un cristal oscuro con rostros atrapados. Canaliza su energía dorada y rompe el foco, destruyendo la red y disipando las sombras. Aunque vencen, el grupo comprende que solo han roto un eslabón en una cadena mucho mayor, y que el culto lleva siglos preparando su telaraña de oscuridad. Con Lucasta guiándolos, deciden no retroceder y enfrentar la raíz del mal.
🌸 Capítulo 61: “El Camino de las Cadenas Rotas”
El aire seguía cargado de ceniza invisible, como si el bosque, pese a haber sido liberado, aún guardara en su savia la memoria de lo ocurrido. Los héroes permanecieron un tiempo en silencio, escuchando los primeros cantos de aves que regresaban con timidez. Parecía un respiro, pero nadie se engañaba: la batalla recién comenzaba.
Teodora apretó los dedos sobre el suelo aún tibio por la ruptura del cristal. En su interior, el eco del choque seguía vibrando, como un fuego que no se apagaba. Sabía que aquello había dejado huella en ella, que cada encuentro con la oscuridad le exigía un precio. Sin embargo, se mantuvo erguida. Lucasta, aunque agotado, extendió una de sus alas sobre ella, envolviéndola como un manto protector.
Una punzada de frío recorrió la mente de Teodora, seguida de una imagen nítida: una mancha oscura moviéndose hacia el este, como una serpiente que huía entre la niebla. Era Lucasta, mostrándole lo que veía desde sus sentidos.
—El punto oscuro no se ha detenido —explicó ella al grupo, interpretando la visión—. Se mueve, y quiere que lo sigamos.
—Entonces lo seguimos —replicó Manco, limpiando la hoja de su espada con un trozo de tela—. No hay lugar para el descanso si dejamos que siembren más raíces.
Khubilai, sin embargo, no estaba tan convencido. Se había adelantado unos pasos, analizando las marcas en los árboles.
—La red no era solo un círculo aislado. Cada campanilla estaba en sintonía con símbolos mucho más antiguos. Lo que hemos roto ha debilitado la conexión, pero la corriente sigue fluyendo. Y donde hay corriente, hay un origen.
Atenea levantó la vista hacia el dosel entrelazado del bosque. Su escudo aún brillaba débilmente, como si absorbiera la energía del lugar. —El origen está más allá. Y no nos esperará pasivos.
Reanudaron la marcha. El terreno cambió conforme se alejaban del claro: las raíces de los árboles sobresalían como venas negras, y la tierra desprendía un olor a hierro oxidado. La niebla se hacía más densa, pero no caía desde arriba: brotaba del suelo mismo, como humo de heridas abiertas.
Teodora percibía que la vibración de su vínculo con el cuenco bajo la aldea seguía activo, pero ahora tiraba de ella con mayor fuerza, como si intentara señalarle un camino. Sintió un escalofrío: aquello no era solo un guía, era también un llamado, una advertencia de que algo más los esperaba.
Lucasta alzó el vuelo de pronto, batiendo sus alas con violencia. Desde las alturas lanzó un rugido que hizo estremecer al grupo. Teodora recibió entonces un destello mental: figuras con máscaras de hueso avanzando entre la niebla, portando lanzas negras.
—¡Sombras en movimiento! —alertó ella, traduciendo lo que el dragón había compartido.
De entre la niebla emergieron figuras distintas a las anteriores: no huecas, sino cubiertas de máscaras de hueso. Caminaban erguidas, empuñando lanzas largas con puntas negras que parecían forjadas con fragmentos de cristal. Cada paso que daban dejaba marcas ardientes en la tierra.
—Ya saben que estamos aquí —murmuró Atenea, alzando su escudo.
—No, Atenea —corrigió Khubilai con gravedad, desenvainando su espada curva—. Ya saben quién nos guía.
El viento se levantó súbitamente, trayendo consigo un murmullo que parecía hablar en lenguas olvidadas. Las sombras con máscaras no se abalanzaron de inmediato. Formaron un círculo, tal como lo habían hecho las campanas en el claro anterior, cerrando el paso al grupo.
Teodora respiró hondo y dio un paso adelante. La luz dorada comenzó a fluir en su palma, como un hilo que buscaba romper el cerco. Las figuras reaccionaron al instante, levantando sus lanzas en dirección a ella. Lucasta descendió con un rugido, trazando un muro de fuego entre los enemigos y la sanadora.
—No quieren matarnos —dijo Manco, apretando la empuñadura de su espada—. Quieren llevarnos hacia donde ellos decidan.
—Una trampa —añadió Atenea, con los ojos entrecerrados.
Pero Teodora negó con la cabeza.
—Es más que eso. Nos están probando. Quieren medir nuestra fuerza antes de que lleguemos al verdadero corazón de su culto.
El primer choque fue brutal: las lanzas de cristal golpearon contra el escudo de Atenea con un sonido como de vidrio quebrándose. Manco respondió con cortes certeros, mientras Khubilai arremetía con su espada, su estilo fluido y feroz. Cuando las sombras intentaron rodearlo, cerró los ojos por un instante y murmuró un conjuro en voz baja.
Del suelo emergieron tres lobos fantasma, translúcidos y brillantes como humo plateado. Corrieron entre los enmascarados con aullidos desgarradores, y el miedo se apoderó de las criaturas. Las máscaras crujieron, algunas se resquebrajaron solo con el contacto de esas fauces etéreas. El campo de batalla cambió de inmediato: donde los lobos pasaban, los enemigos perdían cohesión, retrocedían temblorosos, incapaces de mantener el cerco cerrado.
Teodora, en el centro, dejó que su energía se expandiera en ondas doradas, debilitando los filamentos oscuros que unían a las criaturas con la tierra.
Cada vez que uno de los enmascarados caía, su máscara se rompía en fragmentos que desaparecían en el aire. Sin embargo, nuevos guerreros surgían de la niebla, repitiendo el ciclo.
Una imagen súbita atravesó la mente de Teodora: una lanza negra partiéndose y su portador deshaciéndose en humo. Lucasta le había mostrado la clave.
—¡Las lanzas! —gritó ella—. Son las anclas. ¡Destrúyanlas!
El combate cambió de rumbo. Manco redobló sus ataques, apuntando a las puntas negras. Atenea embistió con el escudo, quebrando lanzas contra el suelo. Khubilai blandió su espada en sincronía con los lobos, que desgarraban y hacían pedazos las armas de cristal. Uno a uno, los enmascarados fueron cayendo, hasta que la niebla se retiró lentamente, como aceptando la derrota.
El grupo quedó exhausto, pero en pie. Teodora, con la respiración entrecortada, alzó la vista hacia el horizonte donde el punto oscuro seguía moviéndose, más rápido que antes.
—Nos están guiando hacia ellos —susurró—. Y no descansarán hasta que caigamos en su raíz.
Lucasta se acercó a ella, apoyando suavemente el hocico contra su hombro. Teodora recibió en su mente un pulso ardiente, una sola palabra que brillaba como fuego en la oscuridad: Cazar.
Ella asintió. —Sí… esta vez iremos como cazadores.
El grupo retomó el paso, adentrándose en la niebla que se espesaba como un mar sin orillas, sabiendo que cada cadena rota los acercaba más a la verdad… y también al precio final que tendrían que pagar.
¡Hasta aquí llegamos con éste capítulo de esta Historia de Aventuras!
Espero que les haya entretenido y esperen con ansias el próximo capítulo la semana que viene.
Muchas gracias por su tiempo y apoyo,
Los estaré viendo cada semana con un capítulo nuevo.
🌸Persephone
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